Huemer: el libertarian que aboga por el sentido común

Si tuviera que escoger cuál es el mejor libro que he leído nunca, no me cabe la menor duda de que ese libro es The Problem of Political Authority de Michael Huemer. Antes de dejaros con la traducción de otro artículo en el que Bryan Caplan comparte su parte favorita, explicaré por encima las ideas principales de la primera parte del libro, o al menos las que más me han llamado la atención. Recomiendo encarecidamente que el lector haga “click” en los enlaces adjuntos al texto con el fin de poner las ideas en contexto. Para una traducción amateur del libro véase Katalepsis.

huemer

Lo más sorprendente del libro es su capacidad de hacer llegar al lector a conclusiones que jamás hubiera imaginado. Huemer parte de premisas basadas en el sentido común, afirmaciones con las que todo el mundo está de acuerdo, y llega a conclusiones absolutamente inimaginables. Además el libro esta lleno de casos, ejemplos y anécdotas por lo que la lectura se hace de lo más entretenida. Vamos a ello:

El autor comienza el libro dándose cuenta de lo siguiente:

El caso es entender que nuestros juicios éticos difieren bruscamente entre las acciones gubernamentales y las no gubernamentales. Actos que consideraríamos injustos o moralmente inaceptables cuando son llevados a cabo por agentes no gubernamentales serían considerados perfectamente correctos con frecuencia, incluso loables, cuando son llevados a cabo por agentes gubernamentales.

El texto anterior es, a mi modo de ver, el centro en torno al que gira todo el contenido del libro. Nótese que una vez nos damos cuenta de ello, surge la necesidad de hayar una justificación. A saber, es necesario proveer una teoría sobre la autoridad política, la coerción requiere una explicación.

Pero ¿Que es la autoridad política? En palabras del mismo Huemer:

Autoridad política: la hipotética propiedad moral en virtud de la cual los gobiernos pueden coaccionar a las personas en ciertos modos que no le permitiríamos a nadie más y en virtud de la cual los ciudadanos tienen que obedecer al gobierno en situaciones en las cuales no estarían obligados de obedecer a nadie más. Así, la autoridad tiene dos aspectos:

  1. Legitimidad política: el derecho por parte del gobierno de crear ciertas leyes y de hacerlas cumplir a través de la coerción contra los miembros de la sociedad – el derecho a mandar.
  2. Obligación política: la obligación por parte de los ciudadanos de obedecer a sus gobiernos, incluso en circunstancias en las que uno no estaría obligado a obedecer mandatos similares emitidos por un agente no gubernamental.

Pues bien, Huemer se da un paseo por todas las teorías que históricamente han tratado de conferir autoridad política al estado – la teoría del contrato social tradicional, la teoría del contrato social hipotético (John Rawls incluído), la democracia, el consecuencialismo y la justícia – y llega a la controvertida conclusión de que el estado qua estado carece de autoridad política. Es decir, que las personas no tenemos ninguna obligación moral de obedecer la ley simplemente “porque la ley lo dice”. En otras palabras, lo que dota de bondad o maldad a un determinado acto es independiente de la ley y reside en las obligaciones morales que cada individuo tiene para con sus conciudadanos. Matar, robar o secuestrar no es injusto porque lo diga la ley, sino porque los ciudadanos tenemos la obligación moral de no llevar a cabo dichos actos.

Cabe destacar que si el estado no goza de ninguna propiedad moral en especial por la cual puede comportarse de forma diferente a los demás agentes de la sociedad, este deberá someterse a los mismos principios morales que el resto de la sociedad. Lo que esto quiere decir, básicamente, es que el estado solo podrá ejercer la coacción en aquellas situaciones en las que sea igualmente permisible que los agentes no gubernamentales la ejerzan. Un claro ejemplo de ello es el hurto famélico, si una persona se está muriendo de hambre es moralmente permisible que esta robe para sobrevivir. Así, el estado también puede ejercer la violencia para proveer medios a personas que se hayen en una situación realmente comprometida.

Principio general: es permisible coaccionar a una persona o violar sus derechos de propiedad siempre que hacerlo sea necesario para prevenir que algo mucho peor ocurra.

Y remarco el mucho peor (el siguiente comentario es ajeno al contenido del libro) porque el hecho de que el índice de Gini de la desigualdad sea más elevado no constituye causa suficiente para ello. Estamos hablando de situaciones extremas en las que el sujeto que necesita ayuda no puede progresar por sus propios medios. Los fondos obtenidos mediante la coerción deben dirigirse a aquellas personas que se encuentren en una situación realmente delicada, pero en ningún caso pueden servir a fines holísticos y mucho menos a redistribuciones horizontales de los mismos o a cualquier otra forma de ingeniería social, como sucede en la actualidad. Además, los fondos extraídos mediante coerción deberán ser los mínimos posibles y cabe contemplar la posibilidad de poner condiciones a la entrega de dichos fondos con el fin de evitar conductas oportunísticas.

Los poderes legítimos del estado han de ser altamente específicos y deben depender del contenido de los mismos: el estado puede coartar a individuos concretos solo de la mínima forma necesaria para implementar un plan correcto (o al menos bien justificado) para proteger a la sociedad de los desastres que, se presume, resultarían de la anarquía. El estado no forzará a la gente a cooperar mediante medidas dañinas o inútiles o medidas que no tengamos ninguna razon para poder considerar que seran efectivas. Tampoco extenderá, el estado, el ejercicio de la coacción para lograr cualquier fin que parezca deseable. El estado tomará la mínima cantidad de dinero necesaria, de sus ciudadanos, para proveer los “bienes indispensables” que justifican su existencia.

En definitiva, Huemer reconoce que pueden existir situaciones donde el estado pueda ejercer la violencia contra individuos concretos, pero es necesario que se demuestre que dicha intervención es realmente indispensable para el buen funcionamiento de la sociedad y que el plan que se piensa llevar a cabo tiene posibilidades razonables de acabar en éxito, nadie tiene derecho a aplicar malas políticas.

Los argumentos consecuencialistas y basados en la justícia se acercan a justificar la autoridad política. No obstante, no pueden dar lugar a una autoridad que sea independiente del contenido, comprensiva (que incluye varios temas dentro de sí) o suprema por parte del estado. El estado tiene el derecho, como mucho, de imponer coercitivamente políticas correctas y justas para prevenir daños muy serios. Nadie tiene el derecho de hacer cumplir políticas inútiles o contraproductivas tampoco de imponer políticas que busquen objetivos de menor importancia. El estado puede tener derecho a cobrar impuestos, a administrar un sistema judicial y policial para proteger a la sociedad de los violadores de derechos individuales, y de proveer defensa militar. Al hacerlo, el estado y sus agentes deberían utilizar los mínimos fondos posibles y emplear la mínima coerción necesaria. El estado no debería avanzar para imponer coercitivamente leyes paternalistas o moralizadoras, políticas motivadas por la búsqueda de rentas, o políticas que busquen promover bienes innecesarios, como el apoyo a las artes o programas espaciales.

Para acabar, os dejo con la traducción del artículo de Caplan.


Mi sección favorita del libro The Problem of Political Authority de Michael Huemer empieza distanciándose de otros filósofos liberales.

Las ideas de éste capítulo sorprenderán a muchos liberales. ¿Estamos obligados a aceptar tales conclusiones? Con seguridad, para llegar a conclusiones tan radicales, tengo que haber asumido algunos supuestos extremos y altamente controvertidos a lo largo del camino, supuestos que la mayoría de lectores deberían sentirse libres de rechazar.

Soy el primero en decir que los autores liberales han invocado con asiduidad supuestos filosóficos controvertidos para derivar sus propias conclusiones políticas. Ayn Rand, por ejemplo, pensaba que el capitalismo solo podía ser defendido con éxito apelando al egoísmo ético, la teoría por la que la acción correcta para cualquiera en cualquier circunstancia es siempre aquella que persiga el interés propio. Robert Nozick es típicamente leído por basar sus principios liberales en una concepción absolutista de los derechos individuales, según la cual los derechos individuales de propiedad y de libertad frente a la coerción nunca pueden ser sobrepasados por ningún tipo de consecuencia social. Jan Narveson confía en una teoría meta ética por la cual los principios morales correctos están determinados por un contrato social hipotético. Debido a la naturaleza controvertida de estas teorías éticas o meta éticas, la mayoría de lectores encuentran que los argumentos liberales son fáciles de rebatir.

Es importante observar, pues, que no he apelado a nada tan controvertido en mi razonamiento.  De hecho, rechazo los tres principios fundacionales del liberalismo mencionados en el párrafo anterior. Rechazo el egoísmo, porque creo que los individuos tienen una obligación sustancial de tener en cuenta el interés ajeno. Rechazo el absolutismo ético, porque creo que los derechos de un individuo pueden ser anulados por necesidades ajenas suficientemente importantes. Y rechazo todas las formas de la teoría del contrato social, porque creo que el contrato social es un mito con poca relevancia moral para nosotros…

Entonces, Huemer resume de forma sucinta la nobleza de su enfoque:

La fundación de mi liberalismo es mucho más modesta: aplicar el sentido común a la moralidad. A primera vista, puede parecer paradójico que conclusiones políticas tan radicales deriven de nada parecido al “sentido común”. Yo no, por supuesto, reclamo visiones políticas que tengan sentido común. Yo clamo que las opiniones políticas revisionistas emergen de visiones morales que tienen sentido común. A mi modo de ver, la filosofía política liberal descansa sobre tres amplias ideas:

  1. Primero, el principio de no agresión en la ética interpersonal. Más o menos, esta es la idea de que los individuos no deberían atacar, matar, robar de, o defraudar el uno al otro, y en general, que los individuos no se deberían coartar entre ellos, dejando de lado una serie de circunstancias especiales relativamente estrechas.

  2. Segundo, el reconocimiento de la naturaleza coercitiva del gobierno. Cuando el Estado promulga una ley, la ley es generalmente respaldada por la amenaza de castigo, que a la vez encuentra soporte en amenazas creíbles de violencia física dirigidas contra aquellos que desobedeciesen al Estado.

  3. Tercero, el escepticismo sobre la autoridad política tal y como ha sido concebida tradicionalmente. El resultado de este escepticismo es, aproximadamente, que el estado no debería hacer lo que sería incorrecto que haga cualquier otra persona u organización no gubernamental.

¿Por qué deberíamos aceptar estas amplias ideas?

El supuesto ético positivo principal del liberalismo, el principio de no agresión, es el más difícil de articular de forma precisa. En realidad, es una colección compleja de principios, incluyendo prohibiciones de robo, asalto, asesinato y demás. No puedo articular correctamente este principio o conjunto de principios. Afortunadamente, no es el locus de desacuerdo entre liberales y partidarios de otras ideologías políticas, para el “principio de no agresión”, tal y como yo uso el término, es simplemente la colección de prohibiciones respecto al maltrato a otros individuos que son aceptadas cuando aplicamos el sentido común a la moralidad. Casi nadie, independientemente de la ideología política, piensa que robar, asaltar, matar y demás es moralmente aceptable. No es necesario tener una lista completa de prohibiciones porque los argumentos utilizados para llegar a conclusiones liberales no han dependido del reclamo de tal lista. También es importante entender que no estoy asumiendo ningún supuesto particularmente fuerte acerca de estas prohibiciones éticas. Por ejemplo, no estoy asumiendo que robar nunca es permisible. Simplemente asumo que no es permisible robar bajo circunstancias normales, tal y como dicta la aplicación del sentido común a la moralidad.

El segundo principio, el de la naturaleza coercitiva del gobierno, es igualmente difícil de discutir. La naturaleza coercitiva del gobierno es comúnmente olvidada o ignorada en el discurso político, en el que la justificación de la coerción es raramente discutida. Pero virtualmente nadie niega actualmente que el estado se basa en la coerción.

Es, entonces, la noción de autoridad que forma el verdadero locus de disputa entre liberales y demás filosofías políticas: los liberales son escépticos sobre la autoridad, mientras la mayoría de la gente acepta la autoridad del estado en más o menos los términos en los que el estado establece. Esto es lo que permite que la mayoría endose un comportamiento del gobierno que de otra forma parecería estar violando los derechos individuales: los no liberales asumen que la mayoría de constricciones morales que aplican a otros agentes no aplican al estado.

Por tanto, el título final del libro:

Así, me he centrado en defender el escepticismo sobre la autoridad, dirigiéndome a las teorías de autoridad más importantes e interesantes. En la defensa del escepticismo, de nuevo, no me he apoyado en ningún supuesto ético particularmente controvertido. He considerado los factores que dicen conferir autoridad al estado, y he encontrado en cada caso, que esos factores no están presentes actualmente (como en el caso de las consideraciones basadas en el consentimiento a la autoridad), o que esos factores simplemente no son condición suficiente para conferir el tipo de autoridad que clama el estado. El último punto es establecido por el hecho de que, generalmente, a un agente no gubernamental, la aplicación de estos factores no le atribuiría nada parecido a la autoridad política. He sugerido que la mejor explicación para extendida inclinación de atribuir autoridad al estado yace en una colección de sesgos no racionales que operarían tanto si hubiese como si no hubiese ninguna autoridad legítima. La mayoría de la gente simplemente nunca se para a cuestionar la noción de autoridad política, pero una vez que la empezamos a examinar cuidadosamente, la idea de un grupo de personas con un derecho especial a dirigir la vida de los demás se disuelve de manera justa.

Estas tres ideas – el principio de no agresión, la naturaleza coercitiva del estado, y el escepticismo acerca de la autoridad – juntos demandan una filosofía política liberal. La mayoría de acciones gubernamentales violan el principio de no agresión – esto es, son acciones que serían condenadas por la aplicación del sentido común a la moralidad si las ejecutase un agente no gubernamental. En particular, el gobierno generalmente utiliza la coerción en circunstancias y por razones que de ninguna manera serían consideradas adecuadas para justificar la coerción por parte de un agente privado o de una organización. Por consiguiente, a no ser que acordemos que el estado tiene algún tipo de exención especial sobre las constricciones morales ordinarias, debemos condenar la mayoría de acciones gubernamentales. Las acciones que permanecen son solo aquellas que los liberales aceptan.

¿Disientes con la conclusión? Huemer te pide que nombres la premisa específica que rechazas:

¿Cómo puede uno evitar la conclusión liberal? Solo rechazando una de las premisas principales que he identificado. A mi modo de ver es extremadamente poco prometedor cuestionar la naturaleza coercitiva del gobierno, y dudo que ningún teórico quiera tomar este rumbo.

 Algunos teóricos cuestionaran la aplicación del sentido común a la moralidad. No he acometido una defensa general de ello en este libro, y no debería hacerlo ahora. Cada libro debe empezar en algún lugar, y comenzar con tales supuestos como aquellos que aplican bajo condiciones normales, uno no debe robar, matar, o atacar a otras personas, me parece razonablemente suficiente. Pero esto es sobre los menos controvertidos, menos dudosos puntos de partida que he visto para un libro de filosofía política, y pienso que pocos lectores se sentirán felices si los rechazan.

La forma menos implausible de resistirse al liberalismo sigue siendo aquella de resistirse al escepticismo liberal respecto a la autoridad. Me he dirigido a lo que me llama la atención como las más interesantes, influyentes, o prometedoras consideraciones de autoridad política – la teoría del contrato social tradicional, la teoría del contrato social hipotético, la apelación al proceso democrático, y apelaciones a la justicia y a las buenas consecuencias. Pero no puedo dirigirme a cada posible consideración de autoridad, y sospecho que un buen número de pensadores reaccionarán a mí trabajo proponiendo justificaciones alternativas de la autoridad.

Esto nos lleva a su respuesta con derecho preferente a las críticas que aún no han sido tratadas:

También sospecho, de todas formas, que la estrategia general que he invocado será capaz de ser extendida a consideraciones alternativas. Una teoría de la autoridad citará algunas características del estado (tomando “características” de forma amplia) como fuente de su autoridad. Mi estrategia empieza imaginando a algún agente privado que posee dicha característica… Por ejemplo, la propiedad de ser algo que sería acordado por toda persona razonable, la propiedad de ser actualmente aceptado por la mayoría de la sociedad, y la propiedad de producir consecuencias muy positivas, son todas propiedades que una organización no gubernamental, o las políticas de tal organización, podrían poseer. Como digo, pues, imaginamos a un agente no gubernamental con la característica relevante. Entonces nos damos cuenta de que, de forma intuitiva, no atribuiríamos a tal agente nada parecido a la autoridad política. En particular, no le atribuiríamos un comprehensivo, independiente del contenido, supremo derecho de obligar a obedecer a otras personas. Y así llegamos a la conclusión de que la característica propuesta fracasa como justificación de la autoridad política.

(Notas finales omitidas. Cito desde el borrador, de modo que hay pequeñas diferencias respecto al manuscrito final).

Sospecho que muchos lectores del libro de Huemer fruncirán las cejas y dirán, “¿Esto es? ¿Esto es todo lo que tienes?” Pero este defecto percibido es una de las mayores virtudes del libro. Al contrario de casi todos los demás filósofos, Huemer no pierde tu tiempo. El no trata de convencerte de siete afirmaciones axtrañas, y entonces intentar convencerte de que esas siete afirmaciones extrañas implican su conclusión. (Véase Rawls “A theory of Justice” para un clamoroso ejemplo). Huemer no intenta hacer que el lector se sienta intelectualmente inferior haciéndole aprender toda una serie de jerga odiosa. En su lugar, le dice claramente a los lectores lo que piensa, y por qué lo piensa, y sus conclusiones se siguen directamente de sus premisas. Los lectores de filosofía deberían valorarlo por nada menos – o más – de lo que es.

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Pacifismo por sentido común

Recientemente, he traducido un artículo de Bryan Caplan “The common-sense case for pacifism“. El contenido del mismo es muy interesante, sobre todo la réplica a un hipotético argumento que los economistas podrían articular en contra del pacifismo y según el cual éste aumenta el número de guerras al reducir el coste de agredir.


Solía hacerme llamar “aislacionista”, pero recientemente me he dado cuenta de que pacifista es una descripción mucho más acertada de mi posición. Todas las siguientes definiciones describen adecuadamente lo que creo:

  • Pacifismo: doctrina por la que las disputas (especialmente entre países) deberían ser resueltas sin recurrir a la violencia; la oposición activa a tal violencia, especialmente el rechazo a tomar parte en acciones militares.
  • Pacifista: que se opone a la guerra.
  • Pacifista: quién ama, apoya, o favorece la paz; aquél que es pro-paz.
  • Pacifista: individuo que disiente con la guerra por principio.

Algunas definiciones de pacifismo especifican la oposición a toda violencia, inclusive aquella que es utilizada en defensa propia, pero esto último me parece ir demasiado lejos. Soy pacifista no porque me oponga a la defensa propia sino porque es virtualmente imposible librar una guerra de “autodefensa”. Incluso si los objetivos de los militares no fueran deliberadamente inocentes transeúntes, ellos casi siempre terminan, imprudentemente, poniendo en peligro sus vidas. Si un policía combatiese el crimen de la misma forma en que el “civilizado” ejército hace la guerra, le mandaríamos a la cárcel.

¿Pero no es el pacifismo, en palabras de Homer Simpson, una de esas visiones “con todas las reglas bien intencionadas que no funcionan en la vida real”? No. Aquí tienen mi defensa del pacifismo por sentido común.

  1. Los costes inmediatos de la guerra son sin duda horribles. La mayoría de guerras llevan a una pérdida masiva de vidas y riqueza en al menos uno de los bandos. Si utilizas un valor estándar de $5M por vida, cada 200000 bajas serían equivalentes a un billon de dólares en daños (o a un trillon para aquellos países que utilicen la escala corta como EEUU).
  2. Los beneficios a largo plazo de la guerra son sumamente inciertos. Algunas guerras – las más obvias son las guerras Napoleónicas y la Segunda Guerra Mundial – al menos se puede decir que merecen cierto crédito por las décadas de paz subsiguientes. Pero muchas otras – como la Revolución Francesa y la Primera Guerra Mundial – simplemente sembraron las semillas de nuevos y mayores conflictos. Podrías decir, “Bien, sólo combatiremos en guerras que aporten grandes beneficios en el largo plazo”. En la práctica, sin embargo, es muy difícil predecir las consecuencias de una guerra en el largo plazo. Una de las grandes lecciones de Expert Political Judgment, por Philip Tetlock, es que los expertos en política exterior están mucho más seguros de sus predicciones de lo que tendrían derecho a estar.
  3. Para que una guerra esté moralmente justificada, sus beneficios en el largo plazo han de ser substancialmente mayores a sus costes en el corto plazo. Yo le llamo “principio de deontología leve”. Casi todo el mundo piensa que está mal matar a una persona al azar y usar sus órganos para salvar la vida de otras cinco personas. Para que una guerra halle justificación moral, pues, su ratio (vidas inocentes salvadas / vidas inocentes perdidas) tendría que exceder 5:1. (Personalmente pienso se requiere un ratio más elevado para estar moralmente justificada, pero en este caso no necesito está suposición).

Existen circunstancias concebibles bajo las que rompería mis principios pacifistas?
Sí, como he explicado en mi debate con Robin Hanson, me opongo “a las teorías morales de una frase”:

Es absurdo adherirse a una gran teoría moral abstracta, y después defenderla ante cada contraejemplo.

En el mundo real, no obstante, el pacifismo es una firme guía para la acción. Si bien admito que ocasionalmente las guerras tienen consecuencias positivas en su conjunto, es muy difícil identificar estas guerras ex-ante. Y a menos que esté dispuesto a morder la bala de la donación involuntaria de órganos, las “buenas consecuencias globales” son insuficientes para justificar moralmente la guerra. Si los defensores de la guerra no pueden afirmar razonablemente que están ahorrando cinco veces más vidas inocentes de las que están costando, se equivocan.
Sospecho que la principal objeción de los economistas al pacifismo es que éste incrementa la cantidad de guerras al reducir el coste de agredir. Como he razonado anteriormente, sin embargo, esto es al menos una media verdad:

Las amenazas y la intimidación no solo se mueven a lo largo de la curva de “demanda para cruzarte”. Si tus objetivos perciben tu comportamiento como inapropiado, vil o francamente cruel, éste desplaza su “demanda para cruzarte hacia fuera. Llámale psicología, o simplemente sentido común: las personas que previamente no guardaban nada malo contra ti empezarán a buscar la oportunidad para hacerte probar el sabor de tu propia medicina.

El resultado de la política exterior es que las personas que advierten sobre “sembrar las semillas del odio” no son los tontos que a menudo parecen ser. Las represalias militares contra, por ejemplo, naciones que albergan terroristas reducen la cantidad de terrorismo y odio anti EEUU. Pero si la gente en esos países y aquellos que simpatizan con ellos sienten que las represalias no están justificadas, les estamos haciendo enfadar e incrementar su demanda de terrorismo. Efecto neto: ambiguo.

Rebeca West una vez escribió que, “El feminismo is la noción radical de que las mujeres somos personas”. El pacifismo, similarmente, es la noción radical de que antes de matar a una persona inocente, deberías estar razonablemente seguro de que tu acción tendrá consecuencias muy positivas. Esto es una teoría moral de una frase aunque me siento cómodo abrazándola.

http://econlog.econlib.org/archives/2010/03/why_libertarian.html
https://www.google.es/search?source=ig&hl=en&rlz=&q=define:+pacifism&oq=pacifism+def&gws_rd=cr,ssl&ei=ujgBV_bSNILhaeCCpegC
http://www.positiveatheism.org/hist/quotes/homer.htm
http://econlog.econlib.org/archives/2007/12/my_defense_of_e.html
http://econfaculty.gmu.edu/bcaplan/handeb.htm
http://econlog.econlib.org/archives/2005/04/why_most_econom.html

Vuelve PHILONOMICS: esta vez, con sus ideas.

Después de tanto tiempo sin subir nada, quisiera compartir con vosotros unas cuantas líneas que creo reflejan fielmente el espíritu con el que quiero llevar este blog. Sin embargo, antes tocaré un par de puntos a modo de introducción: las ideas y las etiquetas.

Los que hayáis visitado el blog antes os habréis dado cuenta de que en entradas anteriores he citado a autores liberales como Michael Huemer (aquí) o Lawrence H. White (aquí y aquí). 

Sin duda alguna estos autores (así como B. Caplan, J. Brennan, T. Cowen, R. Nozick, M. Friedman, J. S. Mill y J. R. Rallo, entre otros) constituyen la principal fuente de influencia del blog. Uno se puede hacer más que una idea del contenido con el que aquí se encontrará leyendo a todos estos autores. Por tanto, aunque no me gustan las etiquetas, se puede decir que el blog mantiene posturas claramente liberales en cuanto a filosofía política.

Pero insisto, no me gustan las etiquetas. Su capacidad de sintetizar palabras es lo que las hace peligrosas, es decir, “en su principal virtud se encuentra su máximo defecto”. Y es que, aunque nos sirvan para “decir mucho con poco”, son fuente continua de reduccionismos y de malas interpretaciones.

Y tengo que decir que en el movimiento liberal, como en casi todo movimiento político, hay mucho de esto. Al fin y al cabo, la propaganda se nutre de esta capacidad que tienen las etiquetas para lanzar mensajes potentes y con un fuerte componente emocional en muy pocas palabras (esto último también se encuentra en el marketing, el periodismo o en el “twitteractivismo”).

Una vez hechas las aclaraciones pertinentes, haré un poco de copypaste  de unas líneas cuya lectura es altamente recomendable, en especial para aquellos que defendáis posturas liberales.

El texto lo he sacado de un corto vídeo en el que Penn Jillette relata su forma de ver el movimiento “libertarian“. Las citas están en ingles, siento no haberme tomado la molestia de traducirlas y espero que no suponga un problema para el lector.

En todo caso, lo que se reivindica es que es mejor exponer tu visión de la verdad que tratar de convencer a los demás de que lo que tú dices es lo correcto. Y esto es precisamente lo que se quiere transmitir desde PHILONOMICS.

Cuando afirmamos estar en lo cierto, lo que estamos haciendo es cerrar el debate. Esto es así porque en el momento en el que decimos tener la verdad absoluta, el valor de las demás opiniones se reduce a cero. Y por tanto, no se da la oportunidad a que los demás puedan estar en lo cierto.

Esto es un problema. En realidad, los demás sí pueden estar en lo cierto, el ser humano no es omnisciente, por lo que siempre va bien mantener cierto grado de escepticismo. Es importante reconocer que la otra parte puede manejar información que desconoces.

Pero en fin, vayamos con las citas:

Lo primero: decir lo que piensas.

I believe that your goal without condescension and without manipulation is to tell the truth as you see it.

Lo segundo: no insistir en intentar convencer a los demás, confronta argumentos.

If I’m thinking how do I get that person to become a libertarian I believe at that moment I’m a pig, I’m a bad person and I’m doing the wrong thing.

I should be thinking what do I believe what’s in my heart, I try to say that, then that person says that back. Because it’s possible that they are right. And if I’m trying to convince them I have not given them any possibility of them being right.

Para ilustrar este último punto, un ejemplo:

When you say to the person condescendingly: Well, how do you think UFO’s could have gotten here? That’s not a real question, you are trying to manipulate them. And it’s possible that the person sitting across from me has information on Roswell that will change my whole point of view. It’s very unlikely I don’t really entertain. But in theory I wanna be open to that.

Más de lo mismo: no intentes cambiar las ideas de los demás.

So my brain of libertarianism if you will is: I love having people preach to me, I don’t wanna ever become the person who is trying to change their mind.

The difference between telling the truth as you see it from your heart with passion and trying to win people over is (…) the slightest possible difference. But to me it’s very important and I try to stick with that.

Lo tercero: la guía del buen liberal.

So, the flavours of libertarianism I go with is just: I think I go with maximum freedom.

In every problem you come up with I would like to have one of the first questions to be: Is it possible we can solve this with more freedom instead of less, Is that possible? And sometimes the answer is gonna be no.

Pero en muchos otros casos:

At least consider the possibility of going with more freedom. That having been said, I’m not for burning down the situation that we have. I’m not for hose it down (…) and start again. It’s not the style of person I am.

En resumen: the point is to recognize “I may be wrong

“I believe you just keep saying the truth as you see it, as often as you can, you change your mind every time you see yourself as being wrong and you hope that truth will win out in the end, and I think it does”

I think that the major quality you need to be an atheist and the major quality you need to be a libertarian is optimism and trust in love of people.

Éste último párrafo en negrita es precioso, creo que no se puede expresar en menos palabras cual es la mejor manera de intentar llegar a la verdad.

Llegados a éste punto quisiera compartir una cita de Karl Popper:

“Our aim as scientist is objective truth; more truth; more interesting truth; more intelligible truth. We cannot reasonably aim at certainty. Once we realize that human knowledge is fallible, we realize also that we can never be completely certain that we have not made a mistake”

Karl Popper

Portrait Sir Karl Popper

Portrait Sir Karl Popper, Philosoph, England, Photographie von Horst Tappe. 1987.

Aquí el vídeo que ha inspirado esta entrada.


En entradas posteriores trataré de exponer una visión liberal de la filosofía política y de la economía. Mientras tanto os dejo con un enlace que no dejará a nadie indiferente:

The Non-Non-Libertarian FAQ de J. L. Rincón.

El día en el que Michael Huemer hizo acto de presencia en París

A raíz del atentado terrorista de París, las redes sociales se inundaron de fotos, frases y comentarios en favor de las víctimas parisinas, hasta el punto de que Facebook llegó a habilitar una opción para teñir la foto de perfil con los colores de la bandera de Francia.
No fueron pocos los detractores. Muchas personas, decidieron salir en defensa de todas aquellas víctimas silenciosas a las que nadie defiende y a nadie parece importar. El debate quedó servido. ¿Es criticable que solo nos involucremos en aquellas causas que nos afectan de forma más directa?

Evidentemente, en tanto en cuanto el humano es un ser social, se relaciona. Por tanto, es del todo normal que padezcamos más por aquellas situaciones que afectan directamente a aquellos individuos con los que nos sentimos más identificados o tenemos una relación más cercana (la muerte de un familiar nos afecta más que la de un extraño), las personas tienen diferentes sensibilidades y no existe una única que deba prevalecer sobre las demás. No es criticable que a una persona le afecten más unas situaciones que otras, lo que sí es problemático, es que los ciudadanos no presten atención a las decisiones políticas que toman sus gobernantes  hasta que se ven perjudicados de forma directa.

La ignorancia y la irracionalidad pueden llevar a los ciudadanos a tolerar decisiones políticas que atentan directamente contra su propio bienestar o contra el de otros individuos. Por tanto, sí. Es perfectamente criticable que los individuos solo se interesen por aquellas decisiones políticas que les afectan de forma más directa (decía Thomas Jefferson que el precio de la libertad es la eterna vigilancia). No solo porque pueden perjudicar a otras personas (que también), sino porque les pueden acabar afectando a ellas mismas.

Nótese, que aunque prestar atención a las decisiones políticas sea aconsejable (deberías estar vigilante a las decisiones que los gobernantes toman por ti), no significa que los individuos tengan la obligación de hacerlo (parte de tu tiempo ha de ser destinado, sí o sí, a supervisar las acciones que acometen los gobernantes).

Es más, como a continuación veremos, mantenerse ignorante en política es lo más racional. Y es que informarse sobre cuestiones políticas tiene un coste nada despreciable. Al fin y al cabo, para solventar un problema, máxime si éste entraña cierto grado de complejidad, es necesario tener conocimientos claros y concisos sobre la matéria en cuestión. Sucede que hacerse con toda esta información requiere tiempo, dinero y esfuerzo. Recursos que, por otro lado, son escasos.

Además, no todos tenemos la misma capacidad para influir sobre la forma de pensar de nuestros políticos. Mientras los lobbies (tanto del sector público, como del sector privado), que viven bajo la sombra del Estado, tienen una capacidad de persuasión muy elevada en la toma de decisiones diária de los políticos, los votantes solo tienen la oportunidad de votar cada cierto tiempo un conjunto de ideas etéreas y genéricas, que procuran lanzar un mensaje más o menos coherente con una serie de principios defendidos por amplios sectores de la población, y que normalmente no tienen nada que ver con el conocimiento específico y especializado que cada situación requiere.

Entonces, si nuestra capacidad para influir sobre las decisiones que nuestros políticos han de tomar por nosotros es prácticamente nula, y nuestros recursos son escasos (existe un coste de oportunidad derivado de adquirir información política) ¿Dedicaremos una parte sustancial de nuestros recursos a; primero, hacernos con la información necesaria para poder valorar con rigor cualquier decisión política y; segundo, supervisar, valorar y corregir las acciones políticas que acometen nuestros dirigentes?

No es cuestión baladí que los incentivos en la estructura organizativa de una sociedad estén perfectamente alineados para que los individuos que la integran permanezcan ignorantes ante los planes de sus “representantes”. Es más, aunque quisiéran, no podrían tener un conocimiento especializado en todos los ámbitos, puesto que eso supondría que los votantes tienen capacidades cognitivas sobrenaturales.

Pero la cosa no acaba aquí. Para más inri, mantenerse irracional en matéria política, también es lo mas racional. Hay ciertas cosas en las que la gente cree sin tener en cuenta el grado de evidencia empírica que las respaldan (sesgos). Si eres irracional puedes creer en todo aquello que te agrade o te recomforte, mientras que si eres racional no. El caso es que solo nos comportaremos de forma racional cuando los costes de superar nuestros sesgos o nuestras creencias más íntimas, sean más bajos que las ganancias que esperamos obtener. Michael Huemer lo explica mucho mejor que yo aquí.

Trataré de explicar estos dos conceptos (Ignorancia racional e irracionalidad racional) a través de los atentados de París, mencionados al principio del texto. Empezaré exponiendo el contexto en el que se toman las decisiones políticas, luego haré un repaso sobre algunas de las consecuencias de la intervención del gobierno francés y acabaré explicando como estos conceptos afectan al proceso de toma de decisiones (cabe señalar que estas asumpciones no estan libres de sesgos).

Después del atentado de París, tanto los gobernantes como los ciudadanos de a pié, sienten la necesidad de vengarse y de maximizar su seguridad, de manera que, debido al calentón y sin haber reflexionado sobre las implicaciones que estas medidas podrían tener, deciden bombardear territorios sirios bajo dominio del Estado Islámico y cerrar las fronteras. ¿Son estas medidas racionales?

Empecemos por el ataque aéreo. ¿Por qué ISIS escogió Francia? Pudiere ser porque Francia lleva tiempo atacando zonas del ISIS (los estados que intervienen en conflictos ajenos son más proclives a recibir ataques) ¿Contribuirá (el ataque) a minimizar el número de víctimas francesas en el futuro? No parece que un ataque esporádico y descoordinado vaya a acabar con el problema, en todo caso, habría servido para agravarlo ¿Que consecuencias podría tener intentar acabar con ISIS sin hacerlo simultaneamente con Al Assad? A tenor de que la mayoría de la población de Siria es sunií, lo más probable es que se extienda el descontento entre éste grupo. Al fin y al cabo los miembros de la oposición deberán escoger entre ISIS o Al Assad (las perspectivas para los rebeldes en una Siria gobernada por Assad son negras).

En cuanto al cierre de fronteras, teniendo en cuenta que algunos terroristas tenían nacionalidad francesa podría llegar a resultar inútil. Por si fuese poco, es una condena para todo aquel que huye de la guerra y un ataque a la libertad de movimiento de las personas.

No digo que no se puedan dar situaciones en las que un Estado  (o una coalición de Estados) pueda intevenir en un conflicto extranjero, sobretodo en aquellos casos en los que su pasividad implique consecuencias futuras desastrosas. Me gustaría poner un ejemplo para señalar éste último punto:

Imaginemonos que el gobierno de EEUU, después del ataque nipón a Pearl Harbor, decide entrar en guerra con Japón pero se mantiene al margen de la Segunda Guerra Mundial. Lo más probable hubiese sido que Europa sucumbiese a las Potencias del Eje o al Ejército Rojo. Por motivos consecuencialistas, no podríamos decir que la decisión de EEUU fuere descabellada.

No es el objetivo de ésta entrada, ni siquiera está en nuestras manos, determinar cuando una intervención extranjera pueda ser conveniente o  no. Lo que pretendo poner de relieve, con más o menos acierto, es que ex ante es muy difícil predecir las posibles consecuencias que puede tener una intervención militar en países extranjeros. Por tanto, a priori, deberíamos rechazar de plano cualquier tipo de intervención que sea tomada a la ligera por nuestros políticos, esencialmente porque pueden poner en riesgo tanto nuestra seguridad como la de los habitantes de países ajenos.

El problema de la ignorancia racional induce a los ciudadanos franceses a no adquirir los conocimientos necesarios para tener una opinión fundada sobre la evolución de los acontecimientos en Siria. El problema de la irracionalidad racional es responsable de que, a consecuencia de los sesgos (derivados en este caso de la falta de información), la población francesa tenga tendencia a demandar medidas irracionales a su gobierno (al auge de partidos como el Frente Nacional me remito).

Por los motivos aquí expuestos, debemos reclamar a nuestros gobernantes y a los de otros países (aunque también a todo aquel que coarte la vida de otra persona) que nos devuelvan lo que es nuestro. A saber, nuestra soberanía, la única que existe, la del individuo. Para que el grupo no hable en nombre de la persona, para no meternos en guerras en las que no nos queremos meter, para no bombardear a quien no queremos bombardear, para no financiar guerras en las que no creemos, para no vender armas a quien no le queremos vender armas, para que quede garantizado, sea donde sea, el derecho de asociarse y desasociarse. Para ser libres.

“Una sociedad que renuncia a parte de su libertad para obtener algo de seguridad, no merece ninguna de las dos”
Benjamin Franklin

Fuente: Huemer, Michael. “Why people are irrational about politics”. http://www.owl232.net/irrationality.htm#4

El socialismo de posguerra en Gran Bretaña y la Sociedad Fabiana

Esta entrada se encuadra en una serie de recopilaciones y síntesis de los fragmentos y capítulos más relevantes del libro El choque de ideas económicas: Los grandes debates de política económica de los últimos 100 años de Lawrence H. White, catedrático de economía en la George Mason University. Sus obras incluyen Free Banking in Britain, The Theory of Monetary Institutions y Competition and Currency. Sus escritos han aparecido en The Wall Street Journal y en las revistas académicas de primera fila como la American Economic Review y el Journal of Economic Literature. Solo se publicarán resúmenes de los capítulos más relevantes y no se seguirá el índice establecido. Todas las fuentes de las que bebe el texto pueden encontrarse en el libro.


El interés del presente capítulo reside no solo en las políticas laboristas que tuvieron lugar en la Gran Bretaña de posguerra sino en el surgimiento de esas ideas. Para completar el contenido del capítulo, he decidido incluir información sobre la Sociedad Fabiana así como material biográfico sobre Beatrice y Sidney Webb contenido en el libro La Gran Búsqueda: Una historia de la economía de Sylvia Nasar.

Los laboristas en el poder

La aplastante victoria de los laboristas, encabezados por Clement Attlee,  frente a Winston Churchill y los conservadores en 1945 marcó el inicio de la creación de una comunidad socialista en Gran Bretaña. Tal y como lo describía Tony Ben (político laborista):

Existía la creencia de que si éramos capaces de planificar para la guerra podíamos planificar para la paz

Después de La Segunda Guerra Mundial los controles de precios y el racionamiento de bienes de consumo siguieron. Los laboristas, lejos de contraponerse, los veían como algo justo y necesario para contener la inflación (probablemente bajo la influencia de A. C. Pigou que culpó a la pronta eliminación de los controles de precios de la inflación posterior a La Primera Guerra Mundial), también se mantuvieron los controles cambiarios y las cuotas a la importación de bienes. En 1947 se creó el Comité de Planificación Económica Centralizada (CEPS) y un Comité de Programas de Inversión (IPC) aunque su existencia no significó “la supresión de la voluntad individual como fuente de decisiones económicas” debido al fuerte rechazo de los dirigentes sindicales a que una política salarial planificada asignara la mano de obra.

El parlamento nacionalizó las empresas de hierro y acero, las empresas de transporte terrestre (ferrocarriles, aviación, transporte, canales), del combustibles y las energías, la empresa de telecomunicaciones Cable and Wireless (los servicios telefónicos fueron nacionalizados previamente), la mayoría de hospitales durante la creación del Sistema Nacional de Salud y el Banco de Inglaterra (aunque de facto ya estaba bajo control estatal). Las empresas nacionalizadas ocupaban al 20% de la población.

No se nacionalizó la tierra (a pesar de estar contenido en el programa laborista) ni la industria de refinado de azúcar gracias a una popular campaña de publicidad de la empresa Tate&Lyle.

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Las raíces socialistas fabianas de las políticas laboristas

El programa de nacionalizaciones del partido laborista fue el fruto de décadas de activismo intelectual por parte de la Sociedad Fabiana, un movimiento socialdemócrata dirigido durante años por Sidney Webb, Beatrice Webb y George Bernard Shaw.

La Sociedad Fabiana fue fundada en 1883, al separarse de un grupo de socialistas utópico para concentrarse en la reforma gradual de las políticas públicas, desarrollando y difundiendo propuestas socialistas atractivas. Los fabianos defendían la propiedad colectiva allí donde sea practicable, la regulación colectiva en los demás ámbitos, la atención a las personas invalidas o enfermas y la tributación colectiva en relación con la riqueza. 

La etiqueta de Fabiano estaba inspirada en Quinto Fabio Máximo, el general romano cuya estrategia para debilitar al ejército cartaginés de Aníbal, lejos de plantear una batalla frontal, pasaba por recurrir a tácticas de guerrilla para ir desgastando poco a poco al rival.

En la actualidad, la sociedad se define como el principal think tank de la izquierdo moderada del Reino Unido y está vinculada al partido laborista.

Como nota informativa añadir que el término think tank entendido como una entidad formada por investigadores “independientes y objetivos” que asesoran de forma gratuita y sin partidismo a políticos y funcionarios no fue acuñado hasta La Segunda Guerra Mundial. No obstante la sociedad fabiana era y es un think tank, quizá el primero y uno muy activo.

Sidney y Beatrice Webb

Sidney James Webb (1859-1947) se casó con Martha Beatrice Potter (1858-1943) en 1892. No tuvieron hijos. Los Webb fundaron la London School of Economics and Political Science en 1895 utilizando parte del patrimonio legado por la Sociedad Fabiana. En 1913 publicaron el semanario New Statesman y fueron coautores de varios libros durante el medio siglo que estuvieron juntos.

Sidney colaboró estrechamente en la fundación del Partido Laborista en 1900. Trabajó para el partido entre 1915 y 1925, en el parlamento laborista entre 1922 y 1929, y en el Gobierno entre 1929 y 1931. También colaboró en la redacción de la constitución del partido en 1918. La cláusula IV de la constitución laborista que defendía “la propiedad colectiva de los medios de producción” no fue eliminada hasta 1995 bajo el liderazgo de Tony Blair. No obstante en 1918 el Partido Laborista todavía dejaba abierta la cuestión de que tipo de socialismo aplicar y no fue hasta 1930 que se decantó por la planificación nacional central de tipo soviético. Ocupó la cátedra de administración pública de la LSE entre 1912 y 1927.

Programa electoral del Partido Laborista de 1918

  • Implantación de una renta mínima garantizada, prevenir el desempleo mediante la obra pública, la aparición de un seguro de desempleo y una semana laboral de 48 horas.
  • Nacionalización de todo un conjunto de industrias.
  • Los impuestos sobre la renta iban a recaer sobre todo en los ingresos por encima de un mínimo, impuesto sobre el valor del arrendamiento de las tierras por encima del margen de cultivo y recalibrar o incrementar el impuesto de sucesiones.
  • El Estado iba a expropiar los excedentes de riqueza.

Beatrice Potter, como era conocida en su juventud, se crió en la alta sociedad victoriana, era la octava de las nueve hijas de un rico magnate del ferrocarril llamado Richard Potter.

Es axiomático que detrás de cada mujer extraordinaria hay un padre poco común. Potter animó a Beatrice y a sus hermanas a leer, les dio libre acceso a la biblioteca y nunca fiscalizó sus amistades o sus conversaciones

El pensamiento de Beatrice cambió intensamente con el paso de los años. Sus lecturas escolares incluyeron a August Compte y George Eliot. En su juventud (cuando tenía alrededor de 18 años) abrazó las ideas libertarias de Herbert Spencer.

Herbert Spencer fue un individualista radical que defendía las libertades políticas  y económicas sobre los privilegios estatales, que se oponía a la esclavitud, que apoyaba el sufragio femenino y que sentía una absoluta antipatía por las regulaciones estatales y las medidas tributarias. Además, era amigo del padre de Beatrice.

Me opongo a estos desmesurados experimentos […] que huelen a teorías poco elaboradas, al más tóxico de todos los venenos sociales […] a toscos remedios de curanderos sociales.

Posteriormente, y a pesar de los 20 años que le sacaba, Beatrice se enamoraría de Joseph Chamberlain un influyente empresario y político inglés enemigo del libre comercio, defensor del imperialismo en política exterior y de la reforma social en política interior. Beatrice se oponía a casi todo lo que Chamberlain defendía, y especialmente al populismo con el que se enfrentaba a los votantes. El egoísmo de Chamberlain atraía a Beatrice.

Se despreciaba por haberse enamorado de un hombre tan dominante, pero también por ser incapaz de conquistarlo. Se había atrevido a soñar con una vida que combinara el trabajo intelectual y el amor, y en diversas ocasiones había estado dispuesta a sacrificar uno por otro.

Después del rechazo de Chamberlain y a la edad de 28 años, Beatrice decidió abandonar la ciudad y se adhirió a un gran proyecto de investigación social organizado por su primo, el rico filántropo Charlie Booth, cuya tarea consistía en realizar un trabajo de campo para documentar los ingresos y las circunstancias de los millones de habitantes de Londres. Para llevar a cabo su trabajo, Beatrice tenía que vivir entre los obreros. A partir de entonces, decidió estudiar economía, había leído a Mill y Fawcett y creía entender las ideas de Smith, Ricardo y Marshall (más adelante leería a Marx).

Beatrice empezaba a albergar dudas sobre las creencias libertarias de Spencer. En 1889, tras la publicación del trabajo de Booth, se decidió a estudiar sobre la historia del cooperativismo, por lo que acudió a un congreso de cooperativistas que supuso un punto de inflexión en su vida.

Me abrí paso entre la turba de parias desharrapados […] para asistir a las reuniones de una asociación de trabajadores y escuché la larguísima lista de quejas de personas inteligentes condenadas al yugo del trabajo manual, la amarga queja del obrero del siglo XIX, que es también la de la mujer del siglo XIX.

Fue entonces, cuando Beatrice se comenzó a relacionar con Sidney (quién se enamoró a primera vista), con la Sociedad Fabiana y con George Bernard Shaw, el mejor amigo de Sidney.

Sidney y Shaw durante la segunda mitad de la década de 1890 decidieron “dominar la economía”. Después de éste período de estudios terminaron rechazando el socialismo utópico como el comunismo marxista. La crítica de William Stanley Jevons había convencido a Shaw de rechazar la teoría marxista del valor trabajo.

Su objetivo era el socialismo, pero un socialismo compatible con la propiedad privada, el Parlamento y los capitalistas y sin la lucha de clases de los marxistas. Su objetivo no era acabar con el <<Frankenstein>> de la libre empresa sino domesticarlo, y tampoco era aniquilar a los ricos sino imponerle cargas fiscales.

Beatrice comenzó a pensar que una sociedad con libertad individual y propiedad privada podía ser viable e incluso atractiva <<Por fin soy socialista!>>, declaró.

En 1892, medio año después de la muerte de su padre en el día de Año Nuevo, Sidney y Beatrice contrajeron matrimonio. Sidney se ganó la vida como escritor y periodista con la herencia del padre de Beatrice hasta que logró la cátedra en la LSE. Una vez, le mando una fotografía de cuerpo entero, pero ella le rogó: <<Déjame tu cabeza, me caso con tu cabeza […] otra cosa me parece aborrecible>>. Beatrice escribió en su diario:

Un final inesperado que la antes brillante Beatrice Potter […] contraiga matrimonio con un hombre bajo y feo, sin posición social ni medios de vida […] Y no estoy <<enamorada>>, no como lo estaba. Pero en él veía algo más […] un intelecto agudo y una capacidad de afecto, de entrega y de dedicación al bien común.

A partir de 1906, Churchill (influido por Beatrice) y Lloyd George, ambos miembros del gobierno de Henry Asquith, presionaron para que el Partido Liberal introdujera medidas cada vez más intervencionistas.

La persona a la que con más derecho puede atribuirse esta idea de una red pública de protección – es decir, el moderno Estado del Bienestar- es Beatrice Webb. Antes de morir escribió: <<Nos dimos cuenta de que el Gobierno era el único al que podía confiarse la provisión de las generaciones futuras. […] nos vimos obligados obligados a aceptar una nueva forma de Estado, al que podríamos denominar “Estado administrador” para distinguirlo del “Estado policial”>>.

Beatrice formó parte de la Comisión Real encargada de elaborar la reforma sobre la Ley de Pobres (1905-1909). En 1908, Beatrice y Sidney escribieron el Minority Report un documento en que defendían la implantación de un sistema de atención pública desde el nacimiento hasta la muerte y que asegurara <<un estándar mínimo nacional […] una alimentación suficiente y una formación adecuada en la infancia, un salario adecuado mientras se esté en edad de trabajar, atención médica en caso de enfermedad y ganancias para inválidos y ancianos>>

El Estado administrador, era compatible con la libertad de mercado y con la democracia […] la noción de que el bienestar básico de los ciudadanos era responsabilidad del gobierno y de que este estaba obligado a  garantizar un nivel de vida mínimo a cada ciudadano […] rompía con toda la tradición del liberalismo gladstoniano, que propugnaba la igualdad de oportunidades pero que dejaba los resultados en manos del individuo y del mercado.

Churchill y Lloyd George acabaron con “la vieja tradición gladstoniana de centrarse en cuestiones políticas libertarias”. Churchill redactó una carta en la que instaba al primer ministro a instaurar un <<estándar mínimo>> como el que proponían los Webb. Churchill definió este estándar mínimo en cinco elementos:

  • Seguro de desempleo
  • Seguro de incapacidad laboral
  • escolarización obligatoria hasta los 17 años
  • Provisión de empleo público

El año 1908, fue crucial para el gobierno liberal. La recesión que siguió al pánico bancario de 1907 volvieron más urgentes las propuestas de Churchill. El paro se duplicó del 5% al 10%. Churchill pidió a Asquith que introdujeron seguros de salud y de desempleo de tipo bismarckiano. El proyecto final quedó bastante disminuido por las dificultades de los liberales para superar el veto de la Cámara de los Lores.

Sidney y Beatrice eran los autores del principal argumento a favor de la asunción del Estado de un número cada vez mayor de servicios, administrados por una categoría cada vez mayor de expertos y apoyados en un aparato público más fuerte.

El Minority Report incluía una de las primeras descripciones del moderno Estado del Bienestar. Lord William Beveridge (1879-1963) trabajó con Beatrice Webb como miembro de la Comision Real sobre la Ley de Pobres (1905-1909). Su obra más importante fue Social Insurance and Allied Services (1942), más conocido como el “Informe Beveridge”, un documento del período bélico que se convirtió en el modelo de posguerra para las reformas de la “seguridad social” promovidas por el Partido Laborista que dieron lugar al Estado del bienestar británico. Beveridge reconoció que su proyecto se derivaba del Minority Report de los Webb, en el que él mismo colaboró como investigador.

Sus críticos han puesto de manifiesto la visión ingenua de los Webb sobre el comunismo ruso. La pareja visitó la Unión Soviética en 1932. Al volver escribieron un libro, publicado en 1935, sobre lo que les habían mostrado Soviet Communism: A New Civilization? Robert Conquest en una crítica mordaz señala:

Esta colección de tonterías se basó en gran medida en su fe en los documentos oficiales soviéticos. Se creyeron papeles falsos sobre elecciones, sindicatos, cooperativas, las estadísticas y todos los documentos del fantasma que era la URSS.

Conquest señala que los Webb pasaron por alto el programa de juicios, ejecuciones, deportaciones a gulags siberianos, y hambrunas provocadas por Stalin y alabaron los sistemas educativos y de salud de la Unión Soviética y la igualdad de la mujer. Incluso después de las purgas de Stalin siguieron prediciendo que el comunismo se extendería por todo el mundo.

Llamaron a la URSS “la democracia más inclusiva e igualitaria del mundo” y justificaron su dictadura brutal afirmando que “no hay alternativa al sistema de partido único”

La economía fabiana y la teoría de la renta de Ricardo

El punto de partida de la teoría económica fabiana, al igual que la marxista, era la teoría clásica de la distribución de Ricardo. Allí donde Marx deriva la explotación de la clase obrera, los fabianos derivan la explotación de todas las clases no terratenientes.

Lo que Ricardo había afirmado era que el arrendamiento de una parcela superior de tierra equivalía al pago por acceder a su mayor productividad. Los terrenos de calidad superior producían mayores ingresos con la misma utilización de capital y mano de obra, por lo que su propietario podía exigir pagos crecientes.

De la teoría de Ricardo de la renta solo había un pequeño paso para afirmar que el terrateniente no contribuye en nada a la producción (más allá de las mejoras que implemente) y que la propiedad de la parcela no es más que suerte inmerecida. Por lo tanto, el “arrendamiento de terrenos no mejorados es un ingreso inmerecido”

El pensador que más influyó en los fabianos, sobretodo en Shaw (quién se convirtió en socialista después de leer a George), fue Henry George.

Henry George

Henry George (1839-1897) su obra más influyente fue Progress and Poverty (1879). Comienza: “La renta es el exceso de producción en relación a lo que la misma cantidad de trabajo y capital obtiene la ocupación peor remunerada.

La teoría de Ricardo concluía que las rentas salariales aumentarían con el crecimiento de la población, a medida que los cultivos se extendieran a tierras cada vez más marginales. Para George, esto explicaba por qué la pobreza persiste a pesar de los avances tecnológicos:

Con el crecimiento de la población, el valor de la tierra aumenta, y los hombres que la trabajan deben pagar más por ese privilegio. Así, una parte creciente de la producción va a parar a los propietarios de tierras  en la forma de unas rentas de tipo ricardiano.

Cliffe Leslie señaló que debido al aumento de la productividad por trabajador, los aumentos de los salarios reales podrían acompañar el aumento de la población.

Apoyándose en Ricardo, George llegó a la conclusión de que el impuesto ideal, sin un efecto desalentador sobre la producción, era un impuesto sobre la renta del suelo no mejorado.

Un impuesto recaudado sobre la producción de algo que debe de ser producido constantemente, permitirá al que paga el impuesto a repercutirlo sobre el consumidor en forma de precios crecientes. sin embargo, la tierra no tiene que ser continuamente suministrada. Su precio es un valor de monopolio y un impuesto que recaiga sobre el valor del suelo no lo hace sobre toda la tierra, sino sobre las tierras valiosas, y lo hace en proporción a su valía.

George abogó por un impuesto único sobre la tierra que permitiese eliminar todos los demás.El principio general que subyace aquí es que el coste de obtener una determinada recaudación fiscal se minimiza gravando los factores que sufran menos en respuesta a un impuesto. El creador del Monopoly se inspiró en la teoría georgista e intentó ilustrar la injusticia de cobrar arrendamientos mayores en función de la tierra.

George Bernard Shaw interpretó la crítica de George a la renta de la tierra como si fuera unasustracción enorme y creciente a los trabajadores.

Del georgismo a la nacionalización de la tierra y el capital

Según la perspectiva fabiana, el gobierno podría nacionalizar todas las tierras en vez de gravar el arrendamiento de parcelas y arrendar esos terrenos.

Los fabianos extendieron la idea de la renta ricardiana-georgista de la tierra a los bienes de capital (fábricas, máquinas, materiales) e incluso a los talentos innatos, argumentando que los rendimientos de la riqueza heredada y el talento también es una renta en el sentido de no ser un ingreso derivado del trabajo, sino de la suerte.

George Stigler ha señalado que pocos bienes de capital comparten con las propiedades inmobiliarias la cualidad de ser fijos en cuantía y que den lugar a una renta que aumente con el crecimiento de la población. En respuesta al crecimiento de la población, se pueden construir más máquinas, manteniendo bajo el precio de los arrendamientos de tierra. Además, gravar el capital reduce la cantidad producida.

En su paso de la nacionalización de la tierra a la nacionalización de los medios de producción, los fabianos se separaron de George (cuyos puntos de vista eran favorables al libre mercado). George reconoció que gravar los bienes de capital iba a reducir su oferta, si defendió un único impuesto sobre la tierra, fue para permitir la eliminación de todos los demás impuestos que desincentivaran la inversión privada y la iniciativa empresarial.

Jeremy Bentham

El pensamiento fabiano fue una extrapolación de la tendencia entre los principales economistas del siglo XIX, comenzando por Bentham y siguiendo por Mill, Sidgwick, Marshall y Pigou, de defender un papel cada vez mayor del Estado.

Jeremy Bentham (1748-1832), en Una introducción a los principios de la moral y la legislación (1789) expuso su famoso “principio de utilidad“:

La mayor felicidad para el mayor número de personas es el fundamento de la moral y la legislación.

Cualquier acción, cualquier ley, cualquier norma moral, debe ser juzgada únicamente sobre el criterio de si maximiza la felicidad agregada. Por felicidad se entiende exceso de placer sobre dolor. Sucede que Bentham nunca explicó como medir la felicidad (ni produjo un medidor de felicidad). Inclusive llegó a reconocer que la suma de la felicidad de los individuos era una ficción poco rigurosa. Pero el consideraba esta ficción como algo indispensable para llegar a conclusiones concretas acerca de políticas.

El análisis coste-beneficio se basa en algo similar, calculando como variable el valor en dólares para cada persona, en lugar de comparar el placer y el dolor.

Afortunadamente,en la teoría económica la suma y resta de preferencias  entre individuos no es necesaria para derivar una curva de demanda del mercado.

El utilitarismo y la política económica

Bentham trató de fundamentar el liberalismo clásico y el laissez-faire sobre una base más científica. Ese intento fue el germen sobre el que utilitaristas posteriores como Mill, Marshall, Pigou y los fabianos formularían argumentos para la intervención del Gobierno.

Para bentham las políticas maximizadores de la utilidad incluían el sufragio universal, el libre mercado y la restricción al poder del Estado. Para los fabianos, las políticas maximizadoras de la utilidad incluían, el sufragio universal y el socialismo.

John Stuart Mill entre Bentham y los fabianos

Mill aceptó la no-interferencia como punto de partida para la política de un Gobierno. Pero a partir de aquí defendió la decisión utilitaria como regla de Gobierno. Satisfacer la prueba de Mill solo requiere demostrar que la intervención es oportuna (no hace falta demostrar que también respetaba otras restricciones).

En su propia aplicación del utilitarismo, Mill encontró que el argumento ventajista era suficiente para justificar un conjunto más amplio de funciones gubernamentales.

J. S. Mill tenía una concepción expansiva de las funciones que debía llevar a cabo el Gobierno. En sus Principios defendió la financiación pública de la colonización, la asistencia a los pobres, la investigación científica y la educación, las obras públicas, escuelas, hospitales, universidades e imprentas cuando la acción privada era insuficiente. Incluso defendió el monopolio de emisión de billetes del Banco de Inglaterra o la redistribución de la renta.

Los escritos de J. S. Mill mostraron la influencia de Harret Taylor, una socialista owenista con quien se casó en 1851. Escribió en su biografía: “nuestro ideal definitivo de mejora iba mucho más allá de la democracia, y nos colocaba sin duda bajo la denominación de socialistas”.

Mientras repudiábamos con la mayor energía la tiranía de la sociedad sobre el individuo […] aun así teníamos esperanzas que en algún momento […] la división del producto del trabajo, en lugar de depender en tan gran medida, como ahora, de la posición en la que uno nace, se hiciera según un principio reconocido de justicia

Fue así como “el pensamiento liberal” o liberalismo en política económica cambió gradualmente su significado, pasando de ser una teoría del Gobierno mínimo y el libre comercio a una teoría que defendía un papel creciente del Estado, asociado a la Sociedad Fabiana o en EEUU, al “liberalismo moderno” del New Deal.

La Gran Depresión y la Teoría general de Keynes

Esta entrada se encuadra en una serie de recopilaciones y síntesis de los fragmentos y capítulos más relevantes del libro El choque de ideas económicas: Los grandes debates de política económica de los últimos 100 años  de Lawrence H. White, catedrático de economía en la George Mason University. Sus obras incluyen Free Banking in BritainThe Theory of Monetary Institutions Competition and Currency. Sus escritos han aparecido en The Wall Street Journal y en las revistas académicas de primera fila como la American Economic Review y el Journal of Economic Literature. Solo se publicarán resúmenes de los capítulos más relevantes y no se seguirá el índice establecido. Todas las fuentes de las que bebe el texto pueden encontrarse en el libro.


John Maynard Keynes (1883-1946) era hijo del economista inglés John Neville Keynes. Estudió matemáticas en la Universidad de Cambridge, pero también mostró interés por la filosofía y tomó un curso de economía con Marshall. Keynes empezó a dar clases en la Universidad de Cambridge en 1909. En 1915 comenzó a trabajar como asesor y después como funcionario del Ministerio de Finanzas británico. A la edad de treinta y seis años, Keynes formó parte de la delegación británica en la Conferencia de Paz de Versalles que siguió a la Primera Guerra Mundial. Su recuento crítico del tratado de paz, Las consecuencias económicas de la paz (1919), le granjeó fama mundial. Daniel Yergan y Joseph Stanislaw le han descrito como “una persona con una amplia curiosidad y una inteligencia extraordinaria […] combinada con una permanente actitud de rebeldía y el estilo de vida de un bohemio y esteta de Bloomsburry”. Todas las relaciones que había mantenido en su juventud fueron con hombres. No obstante, hacia 1922 sorprendió a sus amigos con Lydia Lopokova, una bailarina rusa con la que se acabaría casando en 1925. Entre sus obras más importantes se encuentran A Tractat on Money Reform (1923), A Treatise on Money (1930, 2 volúmenes) donde realizaba una teoría del ciclo económico, que fue duramente criticada por Hayek, inspirada en Marshall y Wicksell y La teoría general del empleo, el interés y el dinero (1936). En ésta última obra, Keynes sostuvo que el producto agregado de la economía está determinado por la demanda agregada cuyo componente más volátil es el gasto en inversión. Como solución a la falta de empuje de los inversores, nuestro autor propuso que el Gobierno aumente el gasto público para impulsar la demanda agregada y la inversión.

LA GRAN DEPRESIÓN Y LA TEORÍA GENERAL DE KEYNES

El éxito de Keynes durante las tres décadas siguientes a la publicación de su obra magna fue reflejado por la portada de la revista Time en 1965, al poner una foto de Keynes y titular el artículo “La economía: ahora todos somos keynesianos”. Incluso Richard Nixon llegó a declarar en una entrevista en 1971: “Ahora soy keynesiano en materia económica”.

La intensidad de la depresión

Después de 4 años de depresión y una caída de la producción industrial de un 50 por ciento, la economía estadounidense tocó fondo en 1933. Durante los siguientes 4 años comenzó a subir, pero en 1937 volvió a caer intensamente. En Septiembre de 1939 la producción había vuelto a su nivel de 1929, pero había perdido una década de crecimiento normal.

Según Thomas E. Hall y J. David Ferguson entre las causas de la Gran Depresión se encontraba la ley de aranceles Smoot-Hawley de 1930, el alza impositiva de 1932 del Gobierno de Hoover, la Ley Nacional de Recuperación Industrial (NIRA) de 1933 que organizó los sectores económicos según cárteles apoyados por el Gobierno que determinaban la política de precios y las cuotas de producción, la Ley de Ajuste Agrario (AAA) de 1935 que proponía medidas similares para la agricultura, el impuesto sobre las nóminas que contenía la Ley de Seguridad Social de 1935 y otras alzas impositivas durante Gobierno de Roosevelt. Otros autores culpan a la Ley Nacional de Relaciones Laborales (LNRL) de 1935 que, ante el alza salarial, expulsaba a trabajadores del mercado laboral.

Milton Friedman y Anna J. Schwartz señalaron que la caída inicial se debió a que la oferta monetaria se contrajo en un tercio entre 1930 y 1933. Los precios y los salarios no cayeron en la misma proporción debido a las políticas públicas, eran tan elevados que los mercados de bienes (productos no vendidos) y de trabajo (desempleo) se vaciaron. La Fed debería de haber evitado tal contracción monetaria. También culparon a la Fed por imponer unos elevados ratios de reserva que acabaron con la liquidez haciendo que la recuperación se invirtiera.

El diagnóstico de Keynes

Keynes creía que la economía de mercado se había hundido ella sola y que necesitaba la ayuda del Gobierno. En un artículo publicado en 1930 titulado “The Great Slump” of 1939” formuló su argumento del “círculo vicioso”.

Si el público es reticente a comprar [bienes de consumo, o a financiar la inversión] […] entonces […] todas las clases de productores tenderán a sufrir pérdidas, y a ello seguirá el desempleo generalizado. Para entonces ya habrá aparecido un círculo vicioso y, como resultado de las acciones y las reacciones, todo empeorará hasta que ocurra algo que detenga esta tendencia […] Si estoy en lo cierto, la causa fundamental de los problemas reside en una ausencia de impulso emprendedor debido a un mercado insatisfactorio para la inversión en capital […] La reticente actitud de los prestatarios ha alcanzado el nivel de la reticente actitud de los prestamistas.

Keynes propuso cambiar la política monetaria para restaurar la confianza en el mercado internacional de crédito a largo plazo para reactivar la actividad empresarial. En un artículo publicado un mes después, el problema paso de ser el ahorro que no financiaba la inversión en capital a ser el atesoramiento per se.

Existen muchas personas que creen que lo más útil que tanto ellos como sus vecinos pueden hacer para ayudar a resolver la situación de su país es ahorrar más de lo habitual […] En otras circunstancias todo esto sería adecuado pero, desgraciadamente, en la situación actual es del todo incorrecto. El objetivo del ahorro es procurar trabajo para su empleo en la producción de bienes de capital como viviendas, fábricas, carreteras, maquinaria y bienes parecidos. Pero si existe un superávit de desempleados disponible para estos usos, el efecto del ahorro adicional será el de aumentar éste superávit y, por tanto, incrementar aún más el desempleo. Además, cuando se despide a un individuo por este motivo o por cualquier otra, su disminuido poder de compra provoca desempleo adicional entre aquellos que hubieran producido lo que estela no puede permitirse comprar. Y así la situación es cada vez peor en un circulo vicioso.

 

La mejor estimación que puedo hacer es que cuando ahorras cinco peniques estas dejando sin trabajo a un individuo durante el día […] Después de todo, es un asunto de sentido común. Si compras bienes, alguien tendrá que producirlos. Si no los compras, se quedarán en los estantes de las tiendas, éstas no harán más pedidos a sus proveedores y alguien será despedido.

Keynes propuso, entre otras cosas, invertir en carreteras. Es importante señalar que para Keynes, el ahorro adicional no promueve inversión adicional por el mecanismo de la reducción en el tipo de interés que deben pagar los prestatarios.

Paul Krugman en la introducción a una nueva edición de la Teoría General resume en cuatro puntos el diagnóstico y las recomendaciones de Keynes:

  • Las economías pueden sufrir una caída generalizada de la demanda que provoca desempleo involuntario.
  • La tendencia automática de la economía a corregir los problemas de demanda, si existe en absoluto, opera de forma lenta e indirecta.
  • Las políticas públicas para aumentar la demanda, por el contrario, pueden reducir el desempleo rápidamente.
  • En ocasiones, aumentar la oferta monetaria no es suficiente para persuadir al sector privado para que gaste más, y es el gasto público el que debe colmar esta insuficiencia.

La opinión de Keynes contrastaba con la de Hayek, para el que el hundimiento era consecuencia de los errores en la política monetaria anterior (demasiado expansiva) y la economía se recuperaría si se la dejaba tranquila. Para Hayek la expansión crediticia había permitido a la inversión sobrepasar el nivel de ahorro voluntario necesario para hacer esas inversiones rentables, así que si las políticas públicas aumentaran la demanda de consumo a expensas de el ahorro, ello no haría más que agravar la crisis.

Qué había de nuevo en Keynes

Para Keynes el centro de atención se encuentra en la inversión y otros gastos presentes como determinantes de la producción del momento.

Es el gasto actual E el que determina la producción actual de equilibrio de bienes y servicios Y. El nivel de gasto depende de la proporción de la renta destinada al consumo. El equilibrio se obtiene cuando la curva de gasto agregado cruza la línea de 45º (El conjunto de puntos que cumplen la condición de equilibrio Y=E).

La curva de gasto E está compuesta por la suma de compras de los hogares C + la inversión de las empresas I + el gasto público G. C es una función Y-T (la renta después de impuestos), mientras que I y G están dadas o son independientes.

E = C(Y-T) + I + G

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La paradoja de la frugalidad

Keynes consideraba que cuanto más ahorraran los individuos, más disminuiría el gasto agregado actual, dejando inalterada la cantidad ahorrada debido a la caída de los ingresos. En sus palabras : “Una mayor propensión al ahorro reducirá la renta y la producción ceteris paribus”. Esto es lo que se conoce como la paradoja de la frugalidad.

Keynes descarta que el ahorro financie la inversión y que el tipo de interés sirva de equilibro como ocurría en las teorías de Böhm-Bawerk, Wicksell, Fisher y Hayek. El supuesto implícito del que parte presupone que la cantidad ahorrada no acaba en un banco o en un fondo de inversión y no vuelve al flujo circular vía préstamos para financiar la inversión al consumo. Keynes desvincula el nivel de inversión con el nivel de ahorro. Si aumenta la propensión a ahorrar, no es el tipo de interés sino la renta la que se ajusta a la baja.

En el gráfico vemos que la renta comienza en E2 pero debido a un cambio en C ésta pasa a E1. Que el cambio en el eje de los ingresos sea más pronunciado que el cambio inicial en C se conoce como “efecto multiplicador”.

En la Teoría general, Keynes sugería que si estábamos por debajo del pleno empleo el ahorro es perjudicial para el crecimiento porque el nivel de inversión viene determinado por el consumo esperado. El Nobel de Economía Paul Samuelson llamó “Principio de aceleración” a la caída en la inversión provocada por un declive en el consumo que genera una expansión del declive a otros sectores a través del efecto multiplicador.

Hayek y la Teoría general de Keynes

Roger Harrison señala tres diferencias entre la Teoría general de Keynes y Prices and Production de Hayek.

  • La primera es la relación entre el consumo y la inversión. Para Hayek el consumo y la inversión representan usos alternativos de los recursos económicos (un agricultor que cultive maíz, puede consumir parte del mismo o bien plantarlo para aumentar su cosecha futura). Un aumento del ahorro libera recursos para aumentar la inversión en bienes de capital que permiten multiplicar la producción futura. Hayek considera que existe una relación inversa entre consumo e inversión. No obstante, un nivel de inversión que sobrepase el volumen de ahorro tendrá consecuencias perjudiciales para la economía. Para Keynes el consumo y la inversión son parte del gasto privado (Y = C + I + G), un aumento del ahorro (una reducción del consumo) daba lugar a una reducción del gasto agregado que reducía la renta y la producción indefinidamente.
  • La segunda diferencia tiene que ver con la función del tipo de interés. Hayek argumenta que el tipo de interés vacía el mercado de fondos prestables, igualando la cantidad ofrecida (ahorro) con la cantidad demandada (inversión). Es decir, que el tipo de interés coordina el ahorro y la inversión. Keynes, por el contrario, dijo que el tipo de interés venía determinado por la “preferencia por la liquidez” (lo que ganamos al no optar por la liquidez) y que éste no coordina el ahorro y la inversión. Hayek acusó a Keynes de ignorar las funciones básicas del tipo de interés.
  • La tercera diferencia tiene que ver con el hecho de que Hayek se centra en una estructura de producción capitalista que cambia durante el ciclo económico mientras que Keynes se centra en el mercado laboral y deja de lado el capital y los procesos de producción debido a que considera la producción como un fenómeno que tiene lugar instantáneamente y que únicamente depende del gasto.

La ley de Say del mercado

Jean Baptiste Say (1762-1832) era un economista francés, discípulo de Adam Smith y defensor del laissez faire y del libre comercio, en 1831 recibió la primera cátedra de economía de la historia de Francia. Su principal trabajo fue Traite d’économie politique, publicado en 1803. En 1804, Napoleón Bonaparte exigió a Say que se retractara de las partes antiproteccionistas del libro. Say se negó, lo que motivó que Napoleón Bonaparte prohibiera su obra.

Si un zapatero desea comprar sombreros, fabrica zapatos y los intercambia por sombreros (ya sea mediante trueque o mediante dinero). Su producción y venta de zapatos es lo que financia o “crea” su demanda de sombreros (si produce pocos zapatos, no puede comprar muchos sombreros). Así, Say escribió: “Es la producción la que crea la demanda de productos […] la demanda general de productos, es proporcional a la actividad de la producción”.

Keynes solía resumirlo de la siguiente forma “la oferta crea su propia demanda”, pero esto no significa que la oferta de gafas cree su demanda de gafas, sino que esa oferta crea demanda para cualquier otro bien distinto. De ahí podemos deducir que la oferta de bienes, crea demanda de bienes: “la sociedad es como un gran comprador, en proporción a los medios de que dispone para la compra”. Say negaba que pudiese darse un exceso de producción general: “No veo cómo los productos de una nación pueden ser demasiado abundantes, puesto que cada uno de ellos aporta los medios para la compra de otros”. La ley de Say significa que el límite de la prosperidad reside en la producción, no en la demanda:

De lo contrario, ¿Cómo podría ser que en Francia se haya multiplicado cinco o seis veces el comercio respecto al miserable reinado de Carlos VI? ¿No es evidente que se debe haber multiplicado la producción cinco o seis veces y que estos productos deben haber servido para adquirir unos u otros?

Por ello, un Gobierno que desea promover la prosperidad debe promover la producción de bienes, no la demanda:

El mero fomento del consumo no es beneficioso para el comercio, porque la dificultad reside en procurar los medios, no en estimular el deseo de consumir, y hemos visto que la producción es la única que procura esos medios. Por tanto, el objetivo de un buen gobierno consiste en estimular la producción, y el de un mal Gobierno en estimular el consumo.

La crítica de Keynes a Say

Keynes rechazaba la ley de Say porque pensaba que nada equilibra los planes de los productores y los consumidores. Rechazaba la idea de que el tipo de interés sirva para coordinar a lo largo del tiempo la producción y el consumo, o el ahorro y la inversión.

De forma falaz, están suponiendo que existe un vínculo entre la decisión de abstenerse de consumir hoy y la decisión de ahorrar para el consumo futuro, mientras que los motivos que determinan lo segundo, no están relacionados de forma simple con los motivos que determinan lo primero.

Keynes también criticaba la ley de Say por cuanto no era coherente con el desempleo involuntario. El autor distinguía este último del desempleo friccional (temporal) y del voluntario. Keynes definía el desempleo involuntario como el que se da cuando existen individuos desempleados que estarían dispuestos a trabajar por menos del salario real existente. Creía que estas situaciones eran recurrentes. Por algún motivo, ante un exceso de oferta de trabajo, los trabajadores desempleados no negocian el salario a la baja de forma que el mercado se equilibre y les incorpore a un nivel salarial más bajo. Es lo que en economía se conoce como rigidez salarial o que el salario se resiste a bajar. Keynes afirmaba que estos trabajadores aceptarían un salario real más bajo por la vía de un aumento de los precios al consumo.

Aunque los trabajadores suelen resistirse a una reducción de los salarios nominales, no suelen dejar de trabajar cuando se produce un alza en los precios (por ejemplo, un alza en el Índice de Precios al Consumo).

Su solución para éste tipo de desempleo consistía en elevar los precios al consumo estimulando la demanda agregada. Con posterioridad, Hayek argumentaría que cuando los trabajadores esperaran unos precios al consumo más elevados, presionarían por unos salarios también más elevados. Hayek criticó con dureza que Keynes se centrase en políticas en el corto plazo:

Es alarmante comprobar que después de haber formulado una descripción sistemática de los factores que determinan los precios y la producción a largo plazo, se nos diga que debemos olvidarnos de ella y que debemos reemplazarla por la filosofía miope del hombre de negocios elevada a la categoría de ciencia. ¿No se nos dice incluso, que “dado que a largo plazo todos estaremos muertos”, la política debe guiarse exclusivamente por consideraciones a corto plazo?

La inflación y la curva de Phillips

Keynes afirmó que, en una economía que se encuentra por debajo del pleno empleo, un aumento de la demanda reduciría el desempleo pero no aumentaría ni los salarios ni los precios, y no habrá inflación hasta que se alcance el pleno empleo. La “curva de Phillips” toma su nombre de A. W. Phillips, quien describió estadísticamente en 1958 la relación inversa entre la tasa anual de desempleo y la tasa anual de crecimiento de los salarios a lo largo de varios períodos entre 1861 y 1957.

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La curva de Phillips propone una relación inversa entre inflación y desempleo. Los economistas keynesianos de la década de 1960 la incorporaron en sus modelos. Según su interpretación el aumento de precios se producía porque los salarios crecían como consecuencia de una demanda de mano de obra mayor que su oferta.

Paul Samuelson y Robert Solow utilizaron la curva de Phillips para proponer toda una serie de opciones políticas: los responsables políticos podían alcanzar una tasa de desempleo más baja permitiendo una tasa de inflación más elevada, o bien una inflación más baja a través de un mayor desempleo. Una política sensata exigía elegir el punto menos malo de la curva.

La confianza en la curva de Phillips se resintió en la década de 1970 cuando el aumento de la inflación se produjo de forma paralela a un aumento del desempleo.

La economía “poskeynesiana” y “neokeynesiana”

La economía keynesiana convencional promovida por Hicks, Samuelson (quien la bautizó como “síntesis neoclásica”) buscaba combinar la microeconomía neoclásica ortodoxa (conceptos de optimización y equilibrio en la estela de Walras o Marshall) con la teoría macroeconómica de Keynes. Actualmente los seguidores de han optado por caminos distintos.

Los poskeynesianos, prefieren al Keynes no contaminado por la microeconomía neoclásica. Sus influencias parten de la Teoría general pero también del institucionalismo o el marxismo.

Los neokeynesianos incorporan conceptos como la rigidez de precios y los fallos de coordinación a modelos basados en la microeconomía neoclásica. Intentan fundamentar más rigurosamente la rigidez de precios en argumentos microeconómicos como el coste de ajustar los precios. Su programa de investigación es distinto al de los “nuevos clásicos” de la economía keynesiana liderados por Robert Lucas, Thomas Sargent y Robert J. Barro. A partir de 1970 rechazaron la rigidez de precios y los equilibrios fuera del mercado en favor de modelos walrasianos más estrictos en los que el mercado siempre llega a un equilibrio. Otros neokeynesianos diseñan modelos en los que la economía puede alcanzar puntos de equilibrio diversos y quedar atrapada en uno inferior (debido a un problema de coordinación), necesitando la intervenciónn del Gobierno para sacarla de ahí.

Introducción

PHILONOMICS es un blog amateur que tratará temas vinculados con la filosofía política y la economía.

En esta pequeña introducción pretendo exponer los objetivos principales del blog.

  • Publicar artículos de opinión vinculados con la actualidad política, la filosofía política y la economía.
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Espero que el lector encuentre relevante el contenido de éste blog y que, en la medida de lo posible, disfrute!