¿Qué le pasa a NeG con los economistas de moda? ¿Es la Escuela Austríaca de Economía pseudociencia?

Hace un par de días desde que José Luis Ferreira abrió la caja de Pandora con la publicación de una entrada titulada “Los malos axiomas de los austríacos” en su blog Todo lo que sea verdad.

La Escuela Austríaca (EA)

La Escuela austríaca, también denominada Escuela de Viena, es una escuela de pensamiento económico que defiende un enfoque individualista metodológico para la economía denominado praxeología.

He tomado la definición de wikipedia. En realidad dentro de esta escuela de pensamiento económico podemos encontrar 2 vertientes principales:

  • El Mises Institute. Para una crítica de esta rama (tremendamente dogmática) léase la entrada de J.L. Ferreira o (que mejor para criticar una escuela de pensamiento que leer críticas de los que la conocen desde dentro) este maravilloso recopilatorio de críticas a la escuela austríaca que hizo Francisco Capella: esto y esto. Dentro de los enlaces anteriores también encontraran esto de Bryan Caplan. Y para acabar esto*. Nada de lo que yo pueda decir sobre la EA es más relevante que estas entradas y las recomiendo mucho.
  • George Mason University. No todo el mundo dentro de la George Mason University se considera austríaco, pero Peter Boettke sí. Aquí pueden encontrar una playlist de Mercatus Center. De hecho, NeG ha enlazado en repetidas veces a Peter Boettke. El problema de ésta última rama no es la falta de rigor, sino más bien su poca utilidad práctica. Aquí un debate entre Caplan y Boettke.

Como he dicho en alguna parte:

“La EA en su peor versión es horrorosa y en su mejor versión insuficiente e innecesaria”.

Solo con echar un vistazo a (*) uno ya se hace una idea de la cantidad de cosas que tendrían que hacer los primeros para parecerse a los segundos.

Y dicho esto: ¿Qué sentido tiene que formas de pensar tan divergentes se reúnan alegremente bajo la misma etiqueta? ¿Qué puede aportar la EA a la economía? ¿Y a la batalla de las ideas?

El uso de etiquetas en economía

La verdad es que siempre me ha hecho gracia la gente que utiliza expresiones del tipo:

– “Yo soy economista de la EA”

– “¡Ah!, yo soy de la de Chicago”

Personalmente, pienso que es mejor no identificarse con ninguna de estas etiquetas y coger en cada momento lo que a uno más le conviene de cada casa.

Las etiquetas siempre sintetizan información de manera imperfecta, lo que sucede es que cuando las diferencias dentro de los grupos suscritos bajo una misma etiqueta se hacen suficientemente grandes, toca poner tierra de por medio, y esto es lo que la EA no ha hecho. Si uno tiene la (no muy recomendable) costumbre de querer sacar su etiqueta a relucir, por lo menos debe aspirar a tener una etiqueta que refleje sus ideas y no las de otras personas bajo la misma etiqueta.

Carece de sentido que Boettke se identifique con personas que han rechazado todos los avances que ha hecho la economía durante el SXX (econometría, teoría de juegos, etc. ) y que han cometido errores muy graves y no han sabido rectificar, como bien explica Capella.

El problema de los austríacos como Boettke es que se han agarrado a una etiqueta que no veo que refleje sus ideas económicas, se ha exprimido la etiqueta “austríaco” hasta que no ha dado más de si. ¿Por qué? No lo sé, probablemente tenga que ver con motivos ideológicos, raíces  comunes o con una visión romántica del término.

¿Qué puede aportar la EA a la economía?

La verdad es que es difícil pensar que la EA tenga gran cosa que ofrecer.

EA y política

Si hay un ámbito donde la EA puede influir es en lo que los tertulianos llaman la batalla de las ideas. La batalla de las ideas consiste en defender ideas radicales, manipular o por lo menos construir los relatos que más te convienen para desplazar la frontera de tu ideología política, y es algo en lo que participan tanto partidos políticos como gente desvinculada de la política pero con fuertes convicciones ideológicas.

La EA (al igual que la economía marxista o según que keynesianos) puede ser útil para transmitir información parcial y sesgada a través de la batalla de las ideas. La razón es que son ideas fáciles de transmitir, de entender y no requieren formalización matemática.

15181622_1143804342354487_2111787949931715073_n

SMBC – Descripción gráfica de la batalla de las ideas


¿Que problema tienen en NeG con los economistas de moda?

Bajo mi punto de vista (que me lo comuniquen si no es así) el problema que tiene tanto Ferreira como NeG con JR Rallo, Daniel Lacalle, Eduardo Garzón y (quiero pensar que también) con Bernardos o JC Díez, es que todos participan en una cosa, la batalla de las ideas, que desde la academia es visto (con parte de razón) como un circo que no lleva a ningún lado.

En NeG no sientan bien las simpatías de Lacalle con el PP, tampoco las soluciones mágicas de Eduardo Garzón y parece ser que tampoco las ganas de desregulación y recortes del gasto de Rallo (aunque ya podrían señalar a Bernardos o Díez). Teniendo en cuenta que el blog cuenta con catedráticos de primera línea, conviene escuchar lo que dicen.

Además, existe la posibilidad (por mínima que sea) de que algún político te haga caso. No creo que esto siente muy bien en la academia y menos en un blog como NeG que, supongo, aspira a tener una mínima influencia política.

JR Rallo y la EA

¿Es Rallo “austríaco”? Pues eso depende de que se entiende por austríaco. Si se lo preguntáis a él, os dirá que sí. Si me lo preguntáis a mí os diré que no tiene mucho de austríaco (de hecho, él ha sido el primero en criticar muchos aspectos de la EA), aunque conozca la EA mas que nadie en este país. Todo depende de que se entienda por “austríaco”.

Lo que sí creo es que JR Rallo y más gente (más de uno en la cena de Navidad habrá hecho lo mismo y más) ha utilizado la EA para que los liberales ganen cuota en el mercado de las ideas. No le juzgo por ello, pero uno debe saber que cuando participa en la batalla de las ideas esta expuesto a una crítica constante y compatibilizar esto con intereses académicos es, por lo menos, muy difícil. A mí, me hubiese gustado verlo más en la academia (capacidad no le falta) que en el debate político, donde es inevitable patinar de vez en cuando.

El debate entre JL Ferreira y JR Rallo

Mi impresión es que a JL Ferreira no le gusta que JR Rallo, alguien con mucha influencia mediática, defienda con tanta holgura y seguridad ideas muy controvertidas: como la introducción de un patrón oro, la eliminación del sistema público de pensiones, la privatización de gran parte de la sanidad y educación, open borders, etc.

Si es así, estoy de acuerdo con JL Ferreira. Incluso si todas estas medidas pudiesen funcionar (teniendo en cuenta que cada uno tiene su idea de lo que es funcional), uno debe tener en cuenta que en la sociedad viven individuos con preferencias muy dispares y defender la introducción de ideas que pueden causar tensiones sociales muy importantes es, por lo menos, algo sorprendente.

Defender un sistema privado de sanidad, como hace Jesús Fernández-Villaverde para EEUU aquí, no creo que sea el problema. Tampoco pensiones o educación superior. El problema lo veo en defender no solo su estudio, sino su introducción, en un país en el que el contexto y las normas sociales de la población son totalmente diferentes.

Las preferencias de los españoles han de cambiar mucho antes de poder hacer algo así. Una cosa es el plano teórico y otra cosa el político. Y lo dice alguien que cree que hay que avanzar bastante más hacia la responsabilidad individual. Recomiendo éste artículo del Niskanen Center, donde se comenta como los intentos de rebajar la ratio de gasto público sobre PIB han fracasado. Muy recomendable sobretodo para los que mantengan posturas a favor del libre mercado:

It’s time to consider the possibility that there’s no convincing them. What if there’s no feasible path within the bounds of normal American democratic politics to significantly lower the level of government spending as a percentage of GDP? If we look at the world, what we see is that when people get richer, they want more welfare state. Maybe there’s nothing much we can do about that.

I think accepting that it’s probably not possible to shrink government would have a transformative effect on right-leaning politics. We would focus on figuring out the best ways to match receipts to outlays without getting distracted by half-baked ONE AMAZING TRICK strategies to downsize Leviathan. You start to think differently about cutting wasteful spending, consolidating redundant programs, and making the delivery of government services more efficient when you stop seeing it all as part of some master plan to drown the government in a bathtub. You start to accept that spending cuts are ultimately more about optimizing the composition and effectiveness of spending than about the overall level of spending or its rate of growth. This doesn’t mean not fighting like hell to slash nonsense programs, or not prioritizing reforms to make entitlement programs fiscally sustainable, or not trying to balance budgets from the spending side, or not trying to minimize the rate of spending growth. This just means that you do it all knowing that the rate of spending growth isn’t going to go negative unless you hit a recession, a debt crisis, or end a major war. You do it knowing that our government is already unusually small in comparative terms, and that it’s highly unlikely to contract and stay that way.

Giving up on the quixotic quest to find the magic words or the magic policy lever that would finally and decisively falsify Wagner’s Law would also lead us to distinguish more clearly between the welfare state and the regulatory state, and to focus our energy on removing regulatory barriers to economic participation, innovation, and growth. We’ll see more clearly that a small government and a limited government that reliably protects rights and promotes freedom aren’t really the same thing. And we’ll begin to recognize that sowing antagonism to the welfare state hasn’t accomplished anything very constructive. The war against the welfare state hasn’t slowed growth in welfare-state spending so much as it has made our system unusually loathed and unusually shoddy. Mostly, it has fostered a divisive, racially-tinged “makers vs. takers” narrative while encouraging opposition to reform measures that might have made our safety net fairer, more efficient, and better at minimizing the economic anxieties that drive populist political sentiments fundamentally at odds with an open society of free markets, free trade, liberal migration, and peace.

If you’ve ever wondered why the right-leaning “freedom movement” hasn’t had much success in actually making Americans more prosperous or free, try this on for size:

Smaller government can’t be the sine qua non of the politics of freedom in a Wagner’s Law world.

The failure to understand or accept this amounts to a fundamental misapprehension of political reality, which has led freedom-lovers to adopt a self-defeating public message and political strategy.

This is just a conjecture. But when the world’s most vocal supporters of freedom-as-small-government show that the developed countries with the biggest governments are also among the world’s freest, and show the United States—where the freedom-as-small-government philosophy is most powerfully promoted and most widely accepted—has lost ground in economic freedom year after year for nearly two decades, it’s a conjecture worth taking very seriously.

Dicho esto. Si JL Ferreira quiere desmontar la posición de Rallo desde un punto de vista económico lo que debe hacer es mostrar por qué las propuestas de JR Rallo son perjudiciales para el buen funcionamiento de la economía. Si lo que quiere es desmontar sus ideas filosóficas, Ferreira tiene que irse a sus autores de referencia  y tratar de desmontarlos: suerte con desmontar a Michael Huemer y “The Problem of Political Authority”  (aquí la traducción del blog Katalepsis y un pequeño resumen de Philonomics, aunque ya va siendo hora de comentar alguna laguna que tiene el libro).

Para terminar, es cierto que Ferreira debería haber distinguido entre los diferentes tipos de austríacos (al menos si sabía de la existencia de estas dos ramas) pero eso no lo veo más grave que utilizar una etiqueta que puede dar pie a la confusión.

Por un liberalismo moderno

Si el liberalismo quiere tener un hueco en el espectro ideológico del mañana va a tener que dejar de emplear términos obsoletos como Escuela Austríaca y va a tener que empezar a adaptarse a los nuevos tiempos.

Además, es importante entender que en la sociedad conviven personas con diferentes visiones políticas. El objetivo de la política es ese, tratar de compatibilizar las diferentes ideas que cada uno tiene sobre el funcionamiento de la sociedad.

Tanto el Niskanen Center como el blog Bleeding Heart Libertarians están haciendo una gran labor. Recientemente el Niskanen Center publicaba un artículo titulado “Revitalizing Liberalism in the Age of Brexit and Trump“donde se hacían eco de lo siguiente:

Hayek writes:

If old truths are to retain their hold on men’s minds, they must be restated in the language and concepts of successive generations. What at one time are their most effective expressions gradually become so worn with use that they cease to carry a definite meaning. The underlying ideas may be as valid as ever, but the words, even when they refer to problems that are still with us, no longer convey the same conviction; the arguments do not move in a context familiar to us; and they rarely give us direct answers to the questions we are asking. This may be inevitable because no statement of an ideal that is likely to sway men’s minds can be complete: it must be adapted to a given climate of opinion, presuppose much that is accepted by all men of the time, and illustrate general principles in terms of issues with which they are concerned.

Hayek is saying that his big book restating some “old truths” was necessary in 1959 because making the case for liberalism is a Sisyphean task. If the old truths are not updated for each new age, they will slip from our grasp and lose our allegiance. The terms in which those truths have been couched will become hollow, potted mottoes, will fail to galvanize, inspire, and move us. The old truths will remain truths, but they’ll be dismissed and neglected as mere dogma, noise. And the liberal, open society will again face a crisis of faith.

What would a crisis of liberalism look like today?

Like this:

image-2

Commitment to liberal ideals and institutions is slipping around the world. It’s happening in Great Britain, in Hungary, in Poland, in Turkey, in the Philippines. Illiberal nationalist leaders and parties are on the rise in traditional bastions of liberty, such as France, the Netherlands, and in these United States. That means it’s time—way past time, really—to restate the truths of liberalism for the era of Uber, Celebrity Apprentice, Twitter, Telemundo, terror panic, and type-2 diabetes. We’ve got to fix the pipes and patch the potholes, update from copper to fiber. We’ve got to roll the damn rock back up the damn hill.

Y sigue:

This won’t be an exercise in narrowly sectarian ideology or political dogma. It can’t be. The fact that liberalism has become rote is central to our problem. Academic left-liberalism is doggedly utopian—and stale. Democratic Party liberalism is incoherent—and stale. Orthodox libertarianism is dogmatically blinkered—and stale. The “classical liberalism” of conservative-libertarian fusionism is phony—and stale. Each of our legacy liberalisms is, in its own way, corrupt. It’s all part of our pitted, pocked, cracked and creaking liberal cultural infrastructure. It doesn’t help to replace rotten wood with rotten wood, rusty pipe with rusty pipe. Hayek himself told us we can’t fix it with Hayek.  

An effective defense of the open society must begin with an empirically-minded account of its complex inner workings and its surpassing value. Liberal political order is humanity’s greatest achievement. That may sound like hype, but it’s the cold, hard truth. The liberal state, and the global traffic of goods, people, and ideas that it has enabled has led to the greatest era of peace in history, to new horizons of practical knowledge, health, wealth, longevity, and equality, and massive decline in desperate poverty and needless suffering. It’s clearer than ever that the multicultural, liberal-democratic, capitalist welfare state is far-and-away the best humanity has ever done. But people don’t know this! We are dangerously oblivious to the nature of our freedom and good fortune, and seem poised to snatch defeat from the jaws of victory. Happily, a great deal is understood about how the liberal political order works, and why it merits our allegiance. The task, then, is to fuse our accumulated wisdom with the best contemporary research in a campaign to restate and defend the old truths of liberalism in inspiring terms for an imperiled new era.

It may sound like hype to say that the stakes couldn’t be higher. But that, too, is the cold, hard truth.

El blog BHL también puso su granito de arena aquí.

 

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s