Los sistemas sanitarios: algunos enlaces.

En esta entrada comparto gran parte de los enlaces que he leído sobre sanidad hasta el momento. La verdad es que el tema da para mucho y es fácil perderse con tanto dato arriba y abajo. Lo que no es tan fácil es llegar a conclusiones.

Veréis que los enlaces tratan temas muy diversos. Desde la Affordable Care Act y las propuestas republicanas, hasta artículos y vídeos donde se reflexiona sobre los diferentes sistemas sanitarios, pasando por lo que se ha hecho en España o incluso en Catalunya.

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Roger Senserrich publicó recientemente esto en Politikon:

También tiene un artículo sobre modelos de sanidad:

Vox:

JFV tiene esto escrito: Healthcare.

Y en NeG:

Las siguientes entradas de NeG tratan el sistema sanitario de una forma bastante general aunque en este caso aplicadas al caso español (1,2,3,4 y 5).

Sobre el Sistema Nacional de Salud (0,1,2,3 y 4).

healthcare

Volviendo a EEUU, John Cochrane ha escrito escrito bastante sobre el tema:

Recomiendo particularmente este paper After the ACA: Freeing the market for healthcare también podéis ver (aquí,aquí,aquí).

Aquí un video con visiones contrapuestas (muy recomendable).

Un par de documentos más de Cochrane:

American Economic Association:

Pro-Market:

  • Sobre el precio de la falta de competencia en el sector sanitario (aquí)-

MarginalRevolution:

  • Alex Tabarrok nos explica que tener médicos fatigados daña la salud de los pacientes.
  • Supply Side Health Care Reform.
  • Tyler Cowen tiene un interesante post en el que señala que las dificultades de la sanidad privada pueden estar más relacionados con problemas re-distributivos que con cuestiones relacionadas con la eficiencia. Quizás existe un trade off entre eficiencia y equidad.
  • Cowen publicó una entrada en el que expone los diferentes tipos de sistemas sanitarios.
Ross Douthat en el NYTimes:

CEPR

Bryan Caplan:

Nintil es sinónimo de calidad:

Some people think some features of this market are proof that the market for healthcare doesn’t work. One example is pre-existing condition coverage. Someone with cancer who purchases a new policy (even if he manages to!), won’t be covered for expenses due to cancer. But this is a feature, not a bug: The premium is really the expected cost to you plus a markup. If the cost is known with certainty, then the premium equals the total amount. Trying to “fix” this feature of the market by doing things like mandating that everyone pays the same, or that insurer cover everyone undermines the workings of the market. If one really wishes to cover those people, it would be far better to redistribute towards them.

Si tuviera que escoger uno sería el último.

Scott Alexander se pregunta por qué el coste de servicios fundamentales ha incrementado tanto, ofrece algunas soluciones aunque ninguna de ellas le acaba de convencer:

Aquí comparte las mejores respuestas a su artículo:

Un review de Michael F. Cannon sobre Side Effects and Complications: The Economic Consequences of Health-Care Reform de Casey B. Mulligan.

Random Critical Analysis:

Un debate entre Brian Blase de Mercatus Center y Ron Pollack.

Entrevista de Ezra Klein a Obama:

Sobre la sanidad en Singapur:

Cuidado, Singapur no es ningún nirvana libertario, más bien es un sistema público-privado (muy regulado) que parece estar dando muy buenos resultados. Seguro que se pueden extraer lecciones, pero eso no quiere decir que se pueda replicar con facilidad en otros lugares. Por tanto, hay que ser precavidos a la hora de hacer recomendaciones políticas al respecto.

Vídeo muy corto de Ben Southwood: US Healthcare

Katalepsis:

Un paper sobre los efectos de las expansiones de Medicaid sobre el bienestar financiero de los individuos:

American Health Care Act HCA, Trumpcare o AHCApolypse, así es como la ha bautizado Krugman:

  • El famoso informe del CBO.
  • Entrada en Vox, explicando gráficamente algunas intuiciones del informe.

Avik Roy:

What About Market-Oriented Healthcare Reforms? Overrated and underrated.

En el caso de Catalunya:

Un debate en el que participó Guillem López Casasnovas y la presentación de su libro en el Cercle d’Economia.

Un artículo sobre colaboración público-privada de Mas Colell en el diario Ara.

Para acabar, si alguien quiere aprender sobre cómo funciona el sistema sanitario en EEUU hay unos vídeos publicados por Khan Academy y Brookings Institution. Comienzan con un breve vídeo de introducción (1) y luego pasan a explicar el funcionamiento de Medicare (2), Medicaid (3), los resultados de lo que en inglés se conoce como Pay for Performance (4), el trato que reciben los enfermos crónicos (5), copagos y “deductibles” (6), cómo se implementó el “employer sponsored insurance” y cómo interaccionan las aseguradoras privadas con los proveedores sanitarios (7), los costes de provisión (8), los que no están asegurados (9) y un par de vídeos más (10) y (11).

Un vídeo sobre por qué los costes en EEUU son tan altos. El autor explica que gran parte de los costes se explican por no tener un sistema de negociación centralizado. En un sistema single-payer  en el que el Estado ofrece un gran contrato, los proveedores están incentivados a reducir los costes tanto como sea posible. Sin embargo, y esto no se comenta, parece que también pueden existir costes de oportunidad en términos de innovación. Así que hay que tener en cuenta todos los pros y contras.

Una serie de vídeos en los que se exponen diferentes modelos de sistemas sanitarios:

Sobre PPACA (Obamacare).

Costes del sistema sanitario en EEUU vs en Europa (aquí)

Mercatus Center:

Hasta aquí. Espero que sea útil.

Las consecuencias importan ‘folks’

Creo que esta entrada os resultará bastante entretenida.

En este blog, hemos hablado en varias ocasiones de Michael Huemer. Como sabréis, este profesor de la Universidad de Colorado ha hecho una defensa muy potente del liberalismo en un libro titulado The Problem of Political Authority.

No me me voy entretener en explicar las ideas del libro, para algo hice un post en su día. Pero yo resumiría la conclusión del libro de la siguiente forma (o almenos es lo que más me gusta, o con lo que me quedo):

A igualdad de resultados, existe una presunción MORAL a favor de hacer las cosas a través de la sociedad civil y la voluntariedad que a través del Estado. Sin embargo, admite que el Estado puede poner remedio a consecuencias suficientemente negativas que no se puedan solucionar a través de la sociedad civil.

Esto es un resumen muy pobre, pero para lo que quiero decir hoy me basta. Fijaros en que Huemer hace una defensa del liberalismo respaldada en la MORAL.

Antes de entrar en materia, os diré que me sorprende la hipocresía de muchos liberales. Si uno hecha un vistazo a sus cuentas de twitter podrá comprobar la cantidad de personas que repiten una y otra vez que es INMORAL que el Estado haga esto o aquello.

Pero esperad un momento. Si a los liberales les importa tanto la ética y la moralidad, ¿No la deberían defender en todos sus aspectos?  Lo que quiero decir es que la moral tiene muchas facetas, no solo la política. En situaciones normales (no siempre), mentir es inmoral. Pero no les veo preocupados en que la gente mienta a diario. Es mas, ellos también mienten.

Ahora bien, muchos me podrán decir:

  • Vale sí, tienes razón. Pero hay cosas más inmorales que otras. Que la gente diga pequeñas mentiras no es lo mismo a que cometa asesinatos.

Exacto, hay cosas más inmorales que otras. Las personas hacen cosas buenas y cosas malas. Dentro de las cosas buenas hay cosas muy buenas y cosas que están bien. Y dentro de las malas hay cosas imperdonables y cosas que están mal, pero que tienen un pase.

De la misma forma, los Estados modernos hacen cosas buenas y cosas malas. Dentro de las buenas están las muy buenas y las que están bien. Y dentro de las malas están las imperdonables y las que están mal, pero que tienen un pase.

Fijaros en que muchos liberales tratan estas dos situaciones de forma asimétrica. Muchos comprenden que los individuos tienen una capacidad limitada para saber qué es  y qué no es moral en su vida privada. Sin embargo, no comprenden que en ocasiones no es tan sencillo determinar si una medida política es o no es moral. Pero eso no les impide lanzar juicios de valor.

Para determinar si una medida política es buena o no, una de las cosas que tendremos que hacer es echar un vistazo a sus consecuencias. Ojo, no digo que solo nos tengamos que preocupar de si las consecuencias son o no son positivas, digo que también nos tenemos que preocupar de ellas. Y tendremos que tener en cuenta que no es obvio determinar qué consecuencias son deseables. En muchas ocasiones, ni siquiera es fácil saber cuáles serán las consecuencias derivadas de una política cualquiera.

Si uno se va a la academia, encontrará que los expertos disienten de forma recurrente a la hora de estudiar los efectos de una política. Es cierto que existe consenso en muchos temas, pero en otros no tanto.

Por ejemplo, demostrar que el comercio internacional tiene cosas muy buenas es trivial. Ahora bien, no todos opinan lo mismo sobre cuál es el equilibrio óptimo entre Estado y mercado en sanidad, por ejemplo. Algunos creen que el sistema sanitario debe tener una parte pública (de titularidad pública y con proveedores públicos o privados) y otra parte privada en la que las aseguradoras ofrezcan un servicio independiente al del Estado. Otros creen que la sanidad debe ser privada pero que el Estado puede tomar toda una serie de medidas para evitar ciertos resultados (extender coberturas para eventos catastróficos, instaurar cuentas de ahorro forzoso, etc).

Tened en cuenta que la respuesta a esta y a otras preguntas no es obvia. Supongamos que la sanidad privada funcionase muy bien en EEUU. ¿Significa eso que funcionaría igual de bien en otros países? Podría ser que sí. Pero, ¿Y si no?

Pensad en un caso en el que ex ante, no hay consenso sobre si la sanidad privada es buena o no. Sin embargo, el equipo de Gobierno de turno decide privatizarla. Ex post se descubre que el cambio ha sido un éxito. ¿De verdad alguien cree que hubiese sido imperdonable que ex ante se hubiese decidido no hacer nada?

Con esto no quiero decir que no se pueda defender la sanidad privada. Solo digo que si ex ante la evidencia no es fuerte en favor de la sanidad privada, ex post (o ex ante) no puedes decir que es imperdonable que exista la sanidad pública. Como mucho podrás decir que te parece que está mal, pero que es perdonable.

Como hemos visto, ni es fácil determinar las consecuencias de diversas políticas, ni es fácil (una vez las conocemos) determinar que consecuencias son deseables. Y esta es la laguna más grande que le veo al libro de Huemer. Bajo mi punto de vista, Huemer subestima la cantidad de consecuencias positivas que puede promover el Estado. O si no es así, simplemente cree que no son suficientemente positivas como para compensar las negativas. Discrepo, ¿No podemos simplemente tratar de reducir las negativas?

El autor nos dice que el Estado puede intervenir para evitar consecuencias tan negativas que exceden los beneficios de la no intervención. Pero, ¿No es lo mismo decir que el Estado puede intervenir para promover consecuencias tan positivas que excedan el coste de la intervención? ¿Qué quiere decir con “evitar consecuencias suficientemente negativas”?

Supongamos que vivimos en un mundo huemeriano, en el que la sociedad civil es la encargada de organizarse e intervenir para evitar que ocurran consecuencias negativas y que si esta no es capaz de evitarlas, entonces el Estado podrá intervenir. ¿Como saben los agentes que conforman la sociedad civil cuando “las consecuencias son suficientemente negativas” como para justificar su intervención? 

Bajo los criterios de Huemer, en la sociedad habrían muy pocas situaciones que justifiquen una intervención del Estado o de la sociedad civil. Pero, de nuevo, es muy difícil determinar en que casos merece la pena intervenir. Bajo mi punto de vista, se pueden tomar medidas muy beneficiosas sin incurrir en grande costes en términos de libertad.

En definitiva, de Huemer me quedo con mi resumen anterior:

A igualdad de resultados, existe una presunción MORAL a favor de hacer las cosas a través de la sociedad civil y la voluntariedad que a través del Estado. Sin embargo, admite que el Estado puede poner remedio a consecuencias suficientemente negativas que no se puedan solucionar a través de la sociedad civil.

Some links about Democracy

Just decided to publish a brief post in order to show you some of Jason Brennan’s work. I also encourage you to take a look into his book although I haven’t.

What I do have read are most of his BHL articles. Here are some of them:

I don’t want to copypaste the relevant stuff of each of this posts because is a lot of work.

Two videos here: 1 & 2

If we take a look into J. Brennan’s work he has been fighting against semiotic arguments for policy making for a long time. He has a book on the topic and here you can see a video. One of the things he points out is that semiotic arguments are not good enough in order to ban a market for, say, kidneys. So you shouldn’t prevent other people from selling a kidney just because we find it disgusting. You could argue against a market for kidneys if you think that it will produce bad outcomes or whatever. But not just because you don’t like it nor because you find it nasty. See also this about a market for kidneys (in spanish).

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Tyler Cowen has argued (here) that he could easily imagine a USA in which the elites at Harvard or MIT supporting left-wing policies. So is not a matter of ideology.

J. Brennan has also published this in the Stanford Encyclopedia of Philosophy. 

Having said that I have showed you one piece of the picture. I ignore most of the literature about democracy and you should look into other sources in order to have a broader view. However, whether you agree or not you’ll find this posts very interesting.

My view:

I agree a lot of the arguments that favors democracy over epistocracy rely on a bunch of social constructs, cultural beliefs and so on. But consider the fact that the arrangement of our political system could have to take into account the nature of today’s humans in order to avoid social tensions. That includes biological constraints that may play a role at the time of determining our feelings once we are in a system that doesn’t imbue us with political power (I would like to see some research about it, just an hypothesis for the moment). And also could include social constraints, such as cultural beliefs or social constructs. We may have to change that but changing it will take a lot of time. In order to pass epistocracy you will need the agreement of a huge part of the population which is not feasible in the short nor in the medium run. I don’t see epistocracy as a short way of improving people’s life. And even if the society leaves aside this types of beliefs I have serious doubts about how could it actually work in the long run. We should note the importance of improving the epistemic level of the pool of voters but step by step you get further.

When proposing political measures a lot of people usually don’t take into account the nature of individuals. I have found that over and over again. Is like they focus more on how things should be than in how they actually are. In a way if you change the starting point you can reach a different optimal outcome.

I’m not saying that this is useless, in fact I think it is a way of inspiring new ideas (like the ones presented here). But it’s also true that you should go carefully at the time of defending them. Brennan himself is very cautious.

 

¿Qué le pasa a NeG con los economistas de moda? ¿Es la Escuela Austríaca de Economía pseudociencia?

Hace un par de días desde que José Luis Ferreira abrió la caja de Pandora con la publicación de una entrada titulada “Los malos axiomas de los austríacos” en su blog Todo lo que sea verdad.

La Escuela Austríaca (EA)

La Escuela austríaca, también denominada Escuela de Viena, es una escuela de pensamiento económico que defiende un enfoque individualista metodológico para la economía denominado praxeología.

He tomado la definición de wikipedia. En realidad dentro de esta escuela de pensamiento económico podemos encontrar 2 vertientes principales:

  • El Mises Institute. Para una crítica de esta rama (tremendamente dogmática) léase la entrada de J.L. Ferreira o (que mejor para criticar una escuela de pensamiento que leer críticas de los que la conocen desde dentro) este maravilloso recopilatorio de críticas a la escuela austríaca que hizo Francisco Capella: esto y esto. Dentro de los enlaces anteriores también encontraran esto de Bryan Caplan. Y para acabar esto*. Nada de lo que yo pueda decir sobre la EA es más relevante que estas entradas y las recomiendo mucho.
  • George Mason University. No todo el mundo dentro de la George Mason University se considera austríaco, pero Peter Boettke sí. Aquí pueden encontrar una playlist de Mercatus Center. De hecho, NeG ha enlazado en repetidas veces a Peter Boettke. El problema de ésta última rama no es la falta de rigor, sino más bien su poca utilidad práctica. Aquí un debate entre Caplan y Boettke.

Como he dicho en alguna parte:

“La EA en su peor versión es horrorosa y en su mejor versión insuficiente e innecesaria”.

Solo con echar un vistazo a (*) uno ya se hace una idea de la cantidad de cosas que tendrían que hacer los primeros para parecerse a los segundos.

Y dicho esto: ¿Qué sentido tiene que formas de pensar tan divergentes se reúnan alegremente bajo la misma etiqueta? ¿Qué puede aportar la EA a la economía? ¿Y a la batalla de las ideas?

El uso de etiquetas en economía

La verdad es que siempre me ha hecho gracia la gente que utiliza expresiones del tipo:

– “Yo soy economista de la EA”

– “¡Ah!, yo soy de la de Chicago”

Personalmente, pienso que es mejor no identificarse con ninguna de estas etiquetas y coger en cada momento lo que a uno más le conviene de cada casa.

Las etiquetas siempre sintetizan información de manera imperfecta, lo que sucede es que cuando las diferencias dentro de los grupos suscritos bajo una misma etiqueta se hacen suficientemente grandes, toca poner tierra de por medio, y esto es lo que la EA no ha hecho. Si uno tiene la (no muy recomendable) costumbre de querer sacar su etiqueta a relucir, por lo menos debe aspirar a tener una etiqueta que refleje sus ideas y no las de otras personas bajo la misma etiqueta.

Carece de sentido que Boettke se identifique con personas que han rechazado todos los avances que ha hecho la economía durante el SXX (econometría, teoría de juegos, etc. ) y que han cometido errores muy graves y no han sabido rectificar, como bien explica Capella.

El problema de los austríacos como Boettke es que se han agarrado a una etiqueta que no veo que refleje sus ideas económicas, se ha exprimido la etiqueta “austríaco” hasta que no ha dado más de si. ¿Por qué? No lo sé, probablemente tenga que ver con motivos ideológicos, raíces  comunes o con una visión romántica del término.

¿Qué puede aportar la EA a la economía?

La verdad es que es difícil pensar que la EA tenga gran cosa que ofrecer.

EA y política

Si hay un ámbito donde la EA puede influir es en lo que los tertulianos llaman la batalla de las ideas. La batalla de las ideas consiste en defender ideas radicales, manipular o por lo menos construir los relatos que más te convienen para desplazar la frontera de tu ideología política, y es algo en lo que participan tanto partidos políticos como gente desvinculada de la política pero con fuertes convicciones ideológicas.

La EA (al igual que la economía marxista o según que keynesianos) puede ser útil para transmitir información parcial y sesgada a través de la batalla de las ideas. La razón es que son ideas fáciles de transmitir, de entender y no requieren formalización matemática.

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SMBC – Descripción gráfica de la batalla de las ideas


¿Que problema tienen en NeG con los economistas de moda?

Bajo mi punto de vista (que me lo comuniquen si no es así) el problema que tiene tanto Ferreira como NeG con JR Rallo, Daniel Lacalle, Eduardo Garzón y (quiero pensar que también) con Bernardos o JC Díez, es que todos participan en una cosa, la batalla de las ideas, que desde la academia es visto (con parte de razón) como un circo que no lleva a ningún lado.

En NeG no sientan bien las simpatías de Lacalle con el PP, tampoco las soluciones mágicas de Eduardo Garzón y parece ser que tampoco las ganas de desregulación y recortes del gasto de Rallo (aunque ya podrían señalar a Bernardos o Díez). Teniendo en cuenta que el blog cuenta con catedráticos de primera línea, conviene escuchar lo que dicen.

Además, existe la posibilidad (por mínima que sea) de que algún político te haga caso. No creo que esto siente muy bien en la academia y menos en un blog como NeG que, supongo, aspira a tener una mínima influencia política.

JR Rallo y la EA

¿Es Rallo “austríaco”? Pues eso depende de que se entiende por austríaco. Si se lo preguntáis a él, os dirá que sí. Si me lo preguntáis a mí os diré que no tiene mucho de austríaco (de hecho, él ha sido el primero en criticar muchos aspectos de la EA), aunque conozca la EA mas que nadie en este país. Todo depende de que se entienda por “austríaco”.

Lo que sí creo es que JR Rallo y más gente (más de uno en la cena de Navidad habrá hecho lo mismo y más) ha utilizado la EA para que los liberales ganen cuota en el mercado de las ideas. No le juzgo por ello, pero uno debe saber que cuando participa en la batalla de las ideas esta expuesto a una crítica constante y compatibilizar esto con intereses académicos es, por lo menos, muy difícil. A mí, me hubiese gustado verlo más en la academia (capacidad no le falta) que en el debate político, donde es inevitable patinar de vez en cuando.

El debate entre JL Ferreira y JR Rallo

Mi impresión es que a JL Ferreira no le gusta que JR Rallo, alguien con mucha influencia mediática, defienda con tanta holgura y seguridad ideas muy controvertidas: como la introducción de un patrón oro, la eliminación del sistema público de pensiones, la privatización de gran parte de la sanidad y educación, open borders, etc.

Si es así, estoy de acuerdo con JL Ferreira. Incluso si todas estas medidas pudiesen funcionar (teniendo en cuenta que cada uno tiene su idea de lo que es funcional), uno debe tener en cuenta que en la sociedad viven individuos con preferencias muy dispares y defender la introducción de ideas que pueden causar tensiones sociales muy importantes es, por lo menos, algo sorprendente.

Defender un sistema privado de sanidad, como hace Jesús Fernández-Villaverde para EEUU aquí, no creo que sea el problema. Tampoco pensiones o educación superior. El problema lo veo en defender no solo su estudio, sino su introducción, en un país en el que el contexto y las normas sociales de la población son totalmente diferentes.

Las preferencias de los españoles han de cambiar mucho antes de poder hacer algo así. Una cosa es el plano teórico y otra cosa el político. Y lo dice alguien que cree que hay que avanzar bastante más hacia la responsabilidad individual. Recomiendo éste artículo del Niskanen Center, donde se comenta como los intentos de rebajar la ratio de gasto público sobre PIB han fracasado. Muy recomendable sobretodo para los que mantengan posturas a favor del libre mercado:

It’s time to consider the possibility that there’s no convincing them. What if there’s no feasible path within the bounds of normal American democratic politics to significantly lower the level of government spending as a percentage of GDP? If we look at the world, what we see is that when people get richer, they want more welfare state. Maybe there’s nothing much we can do about that.

I think accepting that it’s probably not possible to shrink government would have a transformative effect on right-leaning politics. We would focus on figuring out the best ways to match receipts to outlays without getting distracted by half-baked ONE AMAZING TRICK strategies to downsize Leviathan. You start to think differently about cutting wasteful spending, consolidating redundant programs, and making the delivery of government services more efficient when you stop seeing it all as part of some master plan to drown the government in a bathtub. You start to accept that spending cuts are ultimately more about optimizing the composition and effectiveness of spending than about the overall level of spending or its rate of growth. This doesn’t mean not fighting like hell to slash nonsense programs, or not prioritizing reforms to make entitlement programs fiscally sustainable, or not trying to balance budgets from the spending side, or not trying to minimize the rate of spending growth. This just means that you do it all knowing that the rate of spending growth isn’t going to go negative unless you hit a recession, a debt crisis, or end a major war. You do it knowing that our government is already unusually small in comparative terms, and that it’s highly unlikely to contract and stay that way.

Giving up on the quixotic quest to find the magic words or the magic policy lever that would finally and decisively falsify Wagner’s Law would also lead us to distinguish more clearly between the welfare state and the regulatory state, and to focus our energy on removing regulatory barriers to economic participation, innovation, and growth. We’ll see more clearly that a small government and a limited government that reliably protects rights and promotes freedom aren’t really the same thing. And we’ll begin to recognize that sowing antagonism to the welfare state hasn’t accomplished anything very constructive. The war against the welfare state hasn’t slowed growth in welfare-state spending so much as it has made our system unusually loathed and unusually shoddy. Mostly, it has fostered a divisive, racially-tinged “makers vs. takers” narrative while encouraging opposition to reform measures that might have made our safety net fairer, more efficient, and better at minimizing the economic anxieties that drive populist political sentiments fundamentally at odds with an open society of free markets, free trade, liberal migration, and peace.

If you’ve ever wondered why the right-leaning “freedom movement” hasn’t had much success in actually making Americans more prosperous or free, try this on for size:

Smaller government can’t be the sine qua non of the politics of freedom in a Wagner’s Law world.

The failure to understand or accept this amounts to a fundamental misapprehension of political reality, which has led freedom-lovers to adopt a self-defeating public message and political strategy.

This is just a conjecture. But when the world’s most vocal supporters of freedom-as-small-government show that the developed countries with the biggest governments are also among the world’s freest, and show the United States—where the freedom-as-small-government philosophy is most powerfully promoted and most widely accepted—has lost ground in economic freedom year after year for nearly two decades, it’s a conjecture worth taking very seriously.

Dicho esto. Si JL Ferreira quiere desmontar la posición de Rallo desde un punto de vista económico lo que debe hacer es mostrar por qué las propuestas de JR Rallo son perjudiciales para el buen funcionamiento de la economía. Si lo que quiere es desmontar sus ideas filosóficas, Ferreira tiene que irse a sus autores de referencia  y tratar de desmontarlos: suerte con desmontar a Michael Huemer y “The Problem of Political Authority”  (aquí la traducción del blog Katalepsis y un pequeño resumen de Philonomics, aunque ya va siendo hora de comentar alguna laguna que tiene el libro).

Para terminar, es cierto que Ferreira debería haber distinguido entre los diferentes tipos de austríacos (al menos si sabía de la existencia de estas dos ramas) pero eso no lo veo más grave que utilizar una etiqueta que puede dar pie a la confusión.

Por un liberalismo moderno

Si el liberalismo quiere tener un hueco en el espectro ideológico del mañana va a tener que dejar de emplear términos obsoletos como Escuela Austríaca y va a tener que empezar a adaptarse a los nuevos tiempos.

Además, es importante entender que en la sociedad conviven personas con diferentes visiones políticas. El objetivo de la política es ese, tratar de compatibilizar las diferentes ideas que cada uno tiene sobre el funcionamiento de la sociedad.

Tanto el Niskanen Center como el blog Bleeding Heart Libertarians están haciendo una gran labor. Recientemente el Niskanen Center publicaba un artículo titulado “Revitalizing Liberalism in the Age of Brexit and Trump“donde se hacían eco de lo siguiente:

Hayek writes:

If old truths are to retain their hold on men’s minds, they must be restated in the language and concepts of successive generations. What at one time are their most effective expressions gradually become so worn with use that they cease to carry a definite meaning. The underlying ideas may be as valid as ever, but the words, even when they refer to problems that are still with us, no longer convey the same conviction; the arguments do not move in a context familiar to us; and they rarely give us direct answers to the questions we are asking. This may be inevitable because no statement of an ideal that is likely to sway men’s minds can be complete: it must be adapted to a given climate of opinion, presuppose much that is accepted by all men of the time, and illustrate general principles in terms of issues with which they are concerned.

Hayek is saying that his big book restating some “old truths” was necessary in 1959 because making the case for liberalism is a Sisyphean task. If the old truths are not updated for each new age, they will slip from our grasp and lose our allegiance. The terms in which those truths have been couched will become hollow, potted mottoes, will fail to galvanize, inspire, and move us. The old truths will remain truths, but they’ll be dismissed and neglected as mere dogma, noise. And the liberal, open society will again face a crisis of faith.

What would a crisis of liberalism look like today?

Like this:

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Commitment to liberal ideals and institutions is slipping around the world. It’s happening in Great Britain, in Hungary, in Poland, in Turkey, in the Philippines. Illiberal nationalist leaders and parties are on the rise in traditional bastions of liberty, such as France, the Netherlands, and in these United States. That means it’s time—way past time, really—to restate the truths of liberalism for the era of Uber, Celebrity Apprentice, Twitter, Telemundo, terror panic, and type-2 diabetes. We’ve got to fix the pipes and patch the potholes, update from copper to fiber. We’ve got to roll the damn rock back up the damn hill.

Y sigue:

This won’t be an exercise in narrowly sectarian ideology or political dogma. It can’t be. The fact that liberalism has become rote is central to our problem. Academic left-liberalism is doggedly utopian—and stale. Democratic Party liberalism is incoherent—and stale. Orthodox libertarianism is dogmatically blinkered—and stale. The “classical liberalism” of conservative-libertarian fusionism is phony—and stale. Each of our legacy liberalisms is, in its own way, corrupt. It’s all part of our pitted, pocked, cracked and creaking liberal cultural infrastructure. It doesn’t help to replace rotten wood with rotten wood, rusty pipe with rusty pipe. Hayek himself told us we can’t fix it with Hayek.  

An effective defense of the open society must begin with an empirically-minded account of its complex inner workings and its surpassing value. Liberal political order is humanity’s greatest achievement. That may sound like hype, but it’s the cold, hard truth. The liberal state, and the global traffic of goods, people, and ideas that it has enabled has led to the greatest era of peace in history, to new horizons of practical knowledge, health, wealth, longevity, and equality, and massive decline in desperate poverty and needless suffering. It’s clearer than ever that the multicultural, liberal-democratic, capitalist welfare state is far-and-away the best humanity has ever done. But people don’t know this! We are dangerously oblivious to the nature of our freedom and good fortune, and seem poised to snatch defeat from the jaws of victory. Happily, a great deal is understood about how the liberal political order works, and why it merits our allegiance. The task, then, is to fuse our accumulated wisdom with the best contemporary research in a campaign to restate and defend the old truths of liberalism in inspiring terms for an imperiled new era.

It may sound like hype to say that the stakes couldn’t be higher. But that, too, is the cold, hard truth.

El blog BHL también puso su granito de arena aquí.

 

Los problemas de la teoría del valor-trabajo, la plusvalía y la explotación.

Lo primero de todo es enlazar una entrada en la Stanford Encyclopedia of Philosophy (SEP) titulada “Exploitation“. También un vídeo de Matt Zwolinski titulado “Exploitation and the psicólogos of moral judgment“. Como veo que tanto el vídeo como el documento son largos dejaré un pequeño artículo aquí. Pero lo anterior es mucho más importante.


THE LABOR VALUE THEORY

Ante la preocupación que me suscita que en pleno SXXI aún haya tanta gente que crea en la teoría del valor-trabajo o la plusvalía, he decidido subir una entrada con el fin de aclarar algunos mitos sobre el tema.

Creo que es muy importante desmentir esta teoría. El motivo es que uno no puede defender que la economía es una ciencia, tal y como hoy la entendemos, si cree en la LVT (por sus siglas en inglés).

Lo cierto es que es muy fácil desmontar esta teoría. Pero primero veamos que significa:

La teoría del valor-trabajo (LVT): es una teoría que considera que el valor de un bien o servicio se puede medir en la cantidad de trabajo que lleva incorporado.

Marx tomó prestada esta teoría de los economistas clásicos: Adam Smith en La riqueza de las naciones (1776), David Ricardo en sus Principios de economía política (1817) y John Stuart Mill en sus propios Principios de economía política (1848). El capital de Marx tan solo fue los últimos coletazos de esta teoría.

La LVT fue dominante en los textos de economía de la época hasta la llegada de la revolución marginalista de la mano de – Carl Menger, William Stanley Jevons y León Walras – los economistas neoclásicos.

Marx utilizó la LVT para explicar el proceso mediante el cual los capitalistas se apropian de las rentas de los trabajadores. Si el valor de un bien X viene determinado por el número de horas de trabajo Y necesarias para su producción, tiene sentido pensar que el trabajador (que ha invertido un número de horas Y para producir X) es el legítimo propietario de las rentas de su trabajo. De ahí se deriva la idea de la plusvalía. A saber, que no es justo que el capitalista se apropie de las rentas de sus trabajadores.

En realidad, La LVT está plagada de problemas.

  • Mala concepción del surgimiento del valor de los bienes y de los precios de mercado.

Lawrence White expone este problema de la siguiente forma:

El fallo más importante de la LVT es el supuesto de que el precio de un bien refleja algún rasgo intrínseco suyo, algo que adquiere durante el proceso de producción, más que algo que está en la mente del comprador. La teoría supone que el coste del input determina el precio de venta, en lugar de ser al contrario.

(…)

Un terreno fértil en estado natural no contiene ninguna cantidad de factor trabajo, y aún así posee un elevado valor. Una mala obra de arte puede haber exigido muchas horas de trabajo y al mismo tiempo poseer un valor escaso de mercado.

Hoy sabemos que son las valoraciones subjetivas del consumidor las que dotan de valor a un determinado bien. Y que es el valor de mercado del bien en cuestión el que a su vez determina el valor de los inputs empleados en el proceso de producción.

Jevons lo explica de una forma muy ilustrativa:

El valor del trabajo debe determinarse por medio del valor de lo producido, y no el valor del producto por medio del valor del trabajo.

El precio de un bien, no viene del número de horas de trabajo, viene de la cantidad que los consumidores están dispuestos a pagar por él. En este sentido, la LVT deja fuera de la ecuación cualquier variable cualitativa.

Así, la demanda y la escasez por sí solas son condición necesaria y suficiente para explicar las valoraciones subjetivas de los consumidores y la formación de precios, mientras que la LVT no constituye condición ni necesaria, ni suficiente.

El Modelo de Equilibrio General establece que los precios de mercado (bajo competencia) bienen determinados por el equilibrio entre la cantidad que cada comprador está dispuesto a pagar (willingness to pay) y la cantidad que cada vendedor está dispuesto a aceptar (willingness to accept). Pero, ¿Funciona este modelo? Vernon Smith, uno de los fundadores de la economía experimental, puso a prueba el modelo de oferta y demanda en el año 1956 con la esperanza de refutar el modelo. Sin embargo, Smith se sorprendió al comprobar que una y otra vez el modelo describía exactamente lo que pasaba. Hoy, este experimento se enseña en todas las facultades de economía. En el año 2002, Vernon Smith fue premiado con el Premio Nobel de Economía junto al psicólogo Daniel Kahneman.

Así, la microeconomía estudia casos particulares del modelo. Por ejemplo, ¿Que pasa cuando se introduce un impuesto o un subsidio? ¿Que efectos generan los monopolios? ¿Y si cambian las curvas de oferta y demanda?, etc. Para saber si la economía es una ciencia puedes hacer click (aquí), también recomiendo éste enlace.

  • Los salarios bienen determinados por oferta y la demanda de trabajo.

(Aunque ojo con utilizar un modelo tan simple)

Una vez desmontada la teoría del valor trabajo, podemos proceder a explicar los fallos intrínsecos de lo que Marx denominaba como la plusvalía (o plusvalor) y de la explotación.

Plusvalía: es la expresión monetaria del valor que el trabajador asalariado crea por encima del valor de su fuerza de trabajo y que se apropia gratuitamente el capitalista. Esto es, la expresión monetaria del plustrabajo.

Como ya hemos visto, el valor de un bien no viene de la cantidad de trabajo que se ha invertido en él. Aún así, muchos seguirán pensando que el propietario no aporta nada al proceso de producción y que el trabajador estaría siendo explotado hasta el punto de ser alienado.

Explotación: Utilización de una persona en beneficio propio de forma abusiva, especialmente haciéndola trabajar mucho y pagándole poco.

Alienación: Pérdida de la personalidad o de la identidad de una persona o de un colectivo.

¿Es esto así? Lo primero es aclarar que es posible que un trabajador no tenga plena autonomía, es posible que un trabajador pase por condiciones realmente duras. A nadie le gusta que estas cosas ocurran.

Sin embargo, fijémonos en como se determinan los salarios en el mercado laboral (aunque repito, importante mirar el enlace que encabeza la sección). Los salarios vienen determinados por la oferta y la demanda de trabajo, esta última a su vez depende de la productividad marginal del trabajador.

Hay que tener en cuenta la competencia entre los empresarios a la hora de contratar trabajadores. Es razonable asumir que si un empresario está obteniendo beneficios a costa de sus trabajadores, lo más probable es que otro empresario interesado en hacer negocio les pague salarios más altos hasta el punto en que estos igualen la productividad marginal del trabajador.

Así, para que los salarios aumenten es necesario que aumente la productividad de los trabajadores (capacidad de producción por unidad de trabajo), o que haya una reducción en la oferta de trabajo.

EXPLOTACIÓN EN EL TERCER MUNDO

Veamos que pasa en el Tercer Mundo. El motivo por el que los salarios de las personas que trabajan en países pobres son tan malos se podría deber a:

  • La baja productividad de los trabajadores. 
  • El gran stock de trabajadores poco cualificados.

Para solucionar esto podríamos tratar de invertir en capital humano para tratar de reducir el stock de trabajadores poco cualificados. Pero también podemos aumentar la inversión en capital. Las grandes empresas que invierten en estos países ponen el ahorro necesario.

explotación

  Cada país tiene su historia. En Corea del Sud, el gobierno tuvo un papel clave en el proceso de industrialización. La estrategia de Corea del Sud consistió en llevar a cabo una política de sustitución de importaciones y subsidios a las industrias exportadoras (en gran parte se le permitió gracias a las buenas relaciones con EEUU). Sin embargo, el mercado y los contratos también jugaron un papel esencial.

 Algunos de los países que hoy consideramos ricos, como EEUU o Inglaterra, han pasado por largos períodos de industrialización. En China, el crecimiento económico ha sido espectacular y en unas décadas han visto emerger a toda una clase media, haciendo salir de la pobreza absoluta a millones de personas. Lo que se observa es que muchos países escapan de la pobreza y lo que nos interesa es que éste período pase lo más rápido posible para llegar a una mejor situación. Así, no es recomendable acabar con este proceso si no se tiene una solución alternativa.

Por ello, aunque las condiciones de vida de las personas que trabajan en estos países sean desastrosas y aunque nos duela ver según que imágenes en los medios, es importante no cortar este proceso a no ser que exista un método alternativo para mejorar sus condiciones de vida.

Muchos clamarán que las grandes empresas deberían pagarles más aunque pierdan dinero. No obstante, hay que tener en cuenta que elevar los costes de las grandes empresas puede hacer que estas paralicen sus inversiones o que se muevan a otro país donde puedan contratar trabajadores más productivos por el mismo precio, por lo que contratarán a menos. Pensemos lo siguiente ¿Donde se necesitan mas personas para fabricar una guitarra, en España o en Camboya? Además, el hecho de que las grandes empresas paguen una mayor cantidad de dinero a sus proveedores por las mismas mercancías no tiene por qué traducirse de forma automática en un aumento en el salario de los trabajadores, cabe la posibilidad de que la empresa proveedora decida contratar a más o repartir beneficios.

Incluso Paul Krugman o Jeffrey Sachs reconocen que las críticas a la industrialización vienen de personas que simplemente no entienden el proceso y que de hecho hacen falta muchas más industrias de este tipo en el mundo.

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En la línea de J. Brennan (aquí), “no es conveniente acabar con la mejor de las opciones que tiene una persona a no ser que la puedas reemplazar por una opción mejor”. En el caso de los trabajadores de países como la India, vemos que:

– Antes de la llegada de las grandes industrias las opciones a elegir eran A o B.

– Después de la llegada de las grandes industrias las opciones a elegir son A, B o C.

 Pues bien, si un trabajador escoge C sobre A y B es más que razonable pensar que C es su mejor opción. Esto no significa que su vida sea completa o que sea perfectamente autónomo, ni siquiera que su vida sea digna bajo nuestros estándares, pero sin duda C es su mejor opción (al menos a nivel agregado) y no conviene deshacerse de C si no podemos ofrecer nada mejor a cambio.

 En general, la llegada de grandes empresas a estos países es un aumento del espectro de posibilidades a los ojos del trabajador. Es cierto que el trabajador no está perfectamente informado, pero es razonable pensar que conoce bastante bien las opciones que tiene a su alcance.

 Aún así, es verdad que cuando se firma un contrato de trabajo uno no detalla todos y cada uno de los términos. Por tanto, a la hora de firmar uno puede asumir implícitamente que el  trabajador espera que el suelo donde trabaja no se venga abajo. Por tanto, las empresas deben tener en cuenta las condiciones laborales de los trabajadores.

Otra forma de hacer que los salarios en los países pobres suba podría ser permitir que haya un flujo de inmigrantes. Si la oferta de trabajo cae, los salarios podrían subir, aunque esto último depende de muchas cosas. De todas formas, es un poco triste que el capital pueda traspasar las fronteras en busca de mano de obra barata y que a la vez los trabajadores no se pueden mover para negociar un mayor salario.

SALARIOS Y MERCADO LABORAL ESPAÑA

Veamos ahora el caso de España. Actualmente unos tenemos salarios tan bajos debido a que la productividad la productividad en los años del boom se estancó. La reforma que todavía tiene pendiente España pasa por reducir aún más los costes de despido y de contratación, origen de la actual dualidad del mercado laboral (insider-outsider). El contrato único, la flexiseguridad (modelo empleado por Dinamarca) o la liberalización del mercado laboral podrían ser una solución para el problema estructural de paro que tiene la economía española.

LA PLUSVALÍA

  • El papel del propietario de la empresa.

El propietario de cualquier negocio si tiene un papel importante:

a) Selecciona proyectos de inversión

b) Asume riesgos y pérdidas asociados a errores de planificación.

c) Ahorra parte de su remuneración  y la reinserte en la compañía

La remuneración del propietario de la empresa en concepto de estas funciones. Sin el role de la propiedad de los medios, los trabajadores deberían ahorrar parte de sus salarios e invertirlos en la empresa, seleccionar proyectos de inversión y jugarse se propio dinero.

Al final, el propietario de los medios de producción cede su propiedad al trabajador. Además, el trabajador tiene el incentivo de utilizar la propiedad ajena para maximizar su utilidad. En la medida de lo posible, el trabajador tratará de poner el mínimo esfuerzo en su tarea, es por ello que el propietario incurre en grandes costes (directivos) para descentralizar la toma de decisiones y las tareas de supervisión y así poder centrarse en las funciones citadas anteriormente.

Además, existen diversos tipos de remuneración y cada uno de estos incentiva de desigual forma al trabajador (Arruñada). No es lo mismo pagar un salario fijo que uno variable o mixto tampoco el salario es el mismo cuando el esfuerzo es o no es observable ni cuando hay o no hay una vinculación directa entre esfuerzo y ganancias.

  • No existe ningún motivo para pensar que las personas dejarán de aprovecharse de los demás bajo otro marco socioeconómico.

Las personas no solo se aprovechan de los demás en las sociedades capitalistas, la explotación también se puede articular a través de la política. En el mundo, hay personas que son crueles y que siempre intentarán aprovecharse de los demás.

La economía nos enseña que los recursos (medios) son limitados. Sin embargo, los fines humanos no lo son. La propiedad privada asigna medios escasos a fines diversos. Bajo la planificación central es un comité el que decide como asignar medios escasos a fines diversos. Sin embargo ¿Conoce el comité las preferencias de todos y cada uno de los ciudadanos que habitan en el territorio? Los resultados de la economía experimental nos dicen que no.

 

 

Huemer: el libertarian que aboga por el sentido común

Si tuviera que escoger cuál es el mejor libro que he leído nunca, no me cabe la menor duda de que ese libro es The Problem of Political Authority de Michael Huemer. Antes de dejaros con la traducción de otro artículo en el que Bryan Caplan comparte su parte favorita, explicaré por encima las ideas principales de la primera parte del libro, o al menos las que más me han llamado la atención. Recomiendo encarecidamente que el lector haga “click” en los enlaces adjuntos al texto con el fin de poner las ideas en contexto. Para una traducción amateur del libro véase Katalepsis.

huemer

Lo más sorprendente del libro es su capacidad de hacer llegar al lector a conclusiones que jamás hubiera imaginado. Huemer parte de premisas basadas en el sentido común, afirmaciones con las que todo el mundo está de acuerdo, y llega a conclusiones absolutamente inimaginables. Además el libro esta lleno de casos, ejemplos y anécdotas por lo que la lectura se hace de lo más entretenida. Vamos a ello:

El autor comienza el libro dándose cuenta de lo siguiente:

El caso es entender que nuestros juicios éticos difieren bruscamente entre las acciones gubernamentales y las no gubernamentales. Actos que consideraríamos injustos o moralmente inaceptables cuando son llevados a cabo por agentes no gubernamentales serían considerados perfectamente correctos con frecuencia, incluso loables, cuando son llevados a cabo por agentes gubernamentales.

El texto anterior es, a mi modo de ver, el centro en torno al que gira todo el contenido del libro. Nótese que una vez nos damos cuenta de ello, surge la necesidad de hayar una justificación. A saber, es necesario proveer una teoría sobre la autoridad política, la coerción requiere una explicación.

Pero ¿Que es la autoridad política? En palabras del mismo Huemer:

Autoridad política: la hipotética propiedad moral en virtud de la cual los gobiernos pueden coaccionar a las personas en ciertos modos que no le permitiríamos a nadie más y en virtud de la cual los ciudadanos tienen que obedecer al gobierno en situaciones en las cuales no estarían obligados de obedecer a nadie más. Así, la autoridad tiene dos aspectos:

  1. Legitimidad política: el derecho por parte del gobierno de crear ciertas leyes y de hacerlas cumplir a través de la coerción contra los miembros de la sociedad – el derecho a mandar.
  2. Obligación política: la obligación por parte de los ciudadanos de obedecer a sus gobiernos, incluso en circunstancias en las que uno no estaría obligado a obedecer mandatos similares emitidos por un agente no gubernamental.

Pues bien, Huemer se da un paseo por todas las teorías que históricamente han tratado de conferir autoridad política al estado – la teoría del contrato social tradicional, la teoría del contrato social hipotético (John Rawls incluído), la democracia, el consecuencialismo y la justícia – y llega a la controvertida conclusión de que el estado qua estado carece de autoridad política. Es decir, que las personas no tenemos ninguna obligación moral de obedecer la ley simplemente “porque la ley lo dice”. En otras palabras, lo que dota de bondad o maldad a un determinado acto es independiente de la ley y reside en las obligaciones morales que cada individuo tiene para con sus conciudadanos. Matar, robar o secuestrar no es injusto porque lo diga la ley, sino porque los ciudadanos tenemos la obligación moral de no llevar a cabo dichos actos.

Cabe destacar que si el estado no goza de ninguna propiedad moral en especial por la cual puede comportarse de forma diferente a los demás agentes de la sociedad, este deberá someterse a los mismos principios morales que el resto de la sociedad. Lo que esto quiere decir, básicamente, es que el estado solo podrá ejercer la coacción en aquellas situaciones en las que sea igualmente permisible que los agentes no gubernamentales la ejerzan. Un claro ejemplo de ello es el hurto famélico, si una persona se está muriendo de hambre es moralmente permisible que esta robe para sobrevivir. Así, el estado también puede ejercer la violencia para proveer medios a personas que se hayen en una situación realmente comprometida.

Principio general: es permisible coaccionar a una persona o violar sus derechos de propiedad siempre que hacerlo sea necesario para prevenir que algo mucho peor ocurra.

Y remarco el mucho peor (el siguiente comentario es ajeno al contenido del libro) porque el hecho de que el índice de Gini de la desigualdad sea más elevado no constituye causa suficiente para ello. Estamos hablando de situaciones extremas en las que el sujeto que necesita ayuda no puede progresar por sus propios medios. Los fondos obtenidos mediante la coerción deben dirigirse a aquellas personas que se encuentren en una situación realmente delicada, pero en ningún caso pueden servir a fines holísticos y mucho menos a redistribuciones horizontales de los mismos o a cualquier otra forma de ingeniería social, como sucede en la actualidad. Además, los fondos extraídos mediante coerción deberán ser los mínimos posibles y cabe contemplar la posibilidad de poner condiciones a la entrega de dichos fondos con el fin de evitar conductas oportunísticas.

Los poderes legítimos del estado han de ser altamente específicos y deben depender del contenido de los mismos: el estado puede coartar a individuos concretos solo de la mínima forma necesaria para implementar un plan correcto (o al menos bien justificado) para proteger a la sociedad de los desastres que, se presume, resultarían de la anarquía. El estado no forzará a la gente a cooperar mediante medidas dañinas o inútiles o medidas que no tengamos ninguna razon para poder considerar que seran efectivas. Tampoco extenderá, el estado, el ejercicio de la coacción para lograr cualquier fin que parezca deseable. El estado tomará la mínima cantidad de dinero necesaria, de sus ciudadanos, para proveer los “bienes indispensables” que justifican su existencia.

En definitiva, Huemer reconoce que pueden existir situaciones donde el estado pueda ejercer la violencia contra individuos concretos, pero es necesario que se demuestre que dicha intervención es realmente indispensable para el buen funcionamiento de la sociedad y que el plan que se piensa llevar a cabo tiene posibilidades razonables de acabar en éxito, nadie tiene derecho a aplicar malas políticas.

Los argumentos consecuencialistas y basados en la justícia se acercan a justificar la autoridad política. No obstante, no pueden dar lugar a una autoridad que sea independiente del contenido, comprensiva (que incluye varios temas dentro de sí) o suprema por parte del estado. El estado tiene el derecho, como mucho, de imponer coercitivamente políticas correctas y justas para prevenir daños muy serios. Nadie tiene el derecho de hacer cumplir políticas inútiles o contraproductivas tampoco de imponer políticas que busquen objetivos de menor importancia. El estado puede tener derecho a cobrar impuestos, a administrar un sistema judicial y policial para proteger a la sociedad de los violadores de derechos individuales, y de proveer defensa militar. Al hacerlo, el estado y sus agentes deberían utilizar los mínimos fondos posibles y emplear la mínima coerción necesaria. El estado no debería avanzar para imponer coercitivamente leyes paternalistas o moralizadoras, políticas motivadas por la búsqueda de rentas, o políticas que busquen promover bienes innecesarios, como el apoyo a las artes o programas espaciales.

Para acabar, os dejo con la traducción del artículo de Caplan.


Mi sección favorita del libro The Problem of Political Authority de Michael Huemer empieza distanciándose de otros filósofos liberales.

Las ideas de éste capítulo sorprenderán a muchos liberales. ¿Estamos obligados a aceptar tales conclusiones? Con seguridad, para llegar a conclusiones tan radicales, tengo que haber asumido algunos supuestos extremos y altamente controvertidos a lo largo del camino, supuestos que la mayoría de lectores deberían sentirse libres de rechazar.

Soy el primero en decir que los autores liberales han invocado con asiduidad supuestos filosóficos controvertidos para derivar sus propias conclusiones políticas. Ayn Rand, por ejemplo, pensaba que el capitalismo solo podía ser defendido con éxito apelando al egoísmo ético, la teoría por la que la acción correcta para cualquiera en cualquier circunstancia es siempre aquella que persiga el interés propio. Robert Nozick es típicamente leído por basar sus principios liberales en una concepción absolutista de los derechos individuales, según la cual los derechos individuales de propiedad y de libertad frente a la coerción nunca pueden ser sobrepasados por ningún tipo de consecuencia social. Jan Narveson confía en una teoría meta ética por la cual los principios morales correctos están determinados por un contrato social hipotético. Debido a la naturaleza controvertida de estas teorías éticas o meta éticas, la mayoría de lectores encuentran que los argumentos liberales son fáciles de rebatir.

Es importante observar, pues, que no he apelado a nada tan controvertido en mi razonamiento.  De hecho, rechazo los tres principios fundacionales del liberalismo mencionados en el párrafo anterior. Rechazo el egoísmo, porque creo que los individuos tienen una obligación sustancial de tener en cuenta el interés ajeno. Rechazo el absolutismo ético, porque creo que los derechos de un individuo pueden ser anulados por necesidades ajenas suficientemente importantes. Y rechazo todas las formas de la teoría del contrato social, porque creo que el contrato social es un mito con poca relevancia moral para nosotros…

Entonces, Huemer resume de forma sucinta la nobleza de su enfoque:

La fundación de mi liberalismo es mucho más modesta: aplicar el sentido común a la moralidad. A primera vista, puede parecer paradójico que conclusiones políticas tan radicales deriven de nada parecido al “sentido común”. Yo no, por supuesto, reclamo visiones políticas que tengan sentido común. Yo clamo que las opiniones políticas revisionistas emergen de visiones morales que tienen sentido común. A mi modo de ver, la filosofía política liberal descansa sobre tres amplias ideas:

  1. Primero, el principio de no agresión en la ética interpersonal. Más o menos, esta es la idea de que los individuos no deberían atacar, matar, robar de, o defraudar el uno al otro, y en general, que los individuos no se deberían coartar entre ellos, dejando de lado una serie de circunstancias especiales relativamente estrechas.

  2. Segundo, el reconocimiento de la naturaleza coercitiva del gobierno. Cuando el Estado promulga una ley, la ley es generalmente respaldada por la amenaza de castigo, que a la vez encuentra soporte en amenazas creíbles de violencia física dirigidas contra aquellos que desobedeciesen al Estado.

  3. Tercero, el escepticismo sobre la autoridad política tal y como ha sido concebida tradicionalmente. El resultado de este escepticismo es, aproximadamente, que el estado no debería hacer lo que sería incorrecto que haga cualquier otra persona u organización no gubernamental.

¿Por qué deberíamos aceptar estas amplias ideas?

El supuesto ético positivo principal del liberalismo, el principio de no agresión, es el más difícil de articular de forma precisa. En realidad, es una colección compleja de principios, incluyendo prohibiciones de robo, asalto, asesinato y demás. No puedo articular correctamente este principio o conjunto de principios. Afortunadamente, no es el locus de desacuerdo entre liberales y partidarios de otras ideologías políticas, para el “principio de no agresión”, tal y como yo uso el término, es simplemente la colección de prohibiciones respecto al maltrato a otros individuos que son aceptadas cuando aplicamos el sentido común a la moralidad. Casi nadie, independientemente de la ideología política, piensa que robar, asaltar, matar y demás es moralmente aceptable. No es necesario tener una lista completa de prohibiciones porque los argumentos utilizados para llegar a conclusiones liberales no han dependido del reclamo de tal lista. También es importante entender que no estoy asumiendo ningún supuesto particularmente fuerte acerca de estas prohibiciones éticas. Por ejemplo, no estoy asumiendo que robar nunca es permisible. Simplemente asumo que no es permisible robar bajo circunstancias normales, tal y como dicta la aplicación del sentido común a la moralidad.

El segundo principio, el de la naturaleza coercitiva del gobierno, es igualmente difícil de discutir. La naturaleza coercitiva del gobierno es comúnmente olvidada o ignorada en el discurso político, en el que la justificación de la coerción es raramente discutida. Pero virtualmente nadie niega actualmente que el estado se basa en la coerción.

Es, entonces, la noción de autoridad que forma el verdadero locus de disputa entre liberales y demás filosofías políticas: los liberales son escépticos sobre la autoridad, mientras la mayoría de la gente acepta la autoridad del estado en más o menos los términos en los que el estado establece. Esto es lo que permite que la mayoría endose un comportamiento del gobierno que de otra forma parecería estar violando los derechos individuales: los no liberales asumen que la mayoría de constricciones morales que aplican a otros agentes no aplican al estado.

Por tanto, el título final del libro:

Así, me he centrado en defender el escepticismo sobre la autoridad, dirigiéndome a las teorías de autoridad más importantes e interesantes. En la defensa del escepticismo, de nuevo, no me he apoyado en ningún supuesto ético particularmente controvertido. He considerado los factores que dicen conferir autoridad al estado, y he encontrado en cada caso, que esos factores no están presentes actualmente (como en el caso de las consideraciones basadas en el consentimiento a la autoridad), o que esos factores simplemente no son condición suficiente para conferir el tipo de autoridad que clama el estado. El último punto es establecido por el hecho de que, generalmente, a un agente no gubernamental, la aplicación de estos factores no le atribuiría nada parecido a la autoridad política. He sugerido que la mejor explicación para extendida inclinación de atribuir autoridad al estado yace en una colección de sesgos no racionales que operarían tanto si hubiese como si no hubiese ninguna autoridad legítima. La mayoría de la gente simplemente nunca se para a cuestionar la noción de autoridad política, pero una vez que la empezamos a examinar cuidadosamente, la idea de un grupo de personas con un derecho especial a dirigir la vida de los demás se disuelve de manera justa.

Estas tres ideas – el principio de no agresión, la naturaleza coercitiva del estado, y el escepticismo acerca de la autoridad – juntos demandan una filosofía política liberal. La mayoría de acciones gubernamentales violan el principio de no agresión – esto es, son acciones que serían condenadas por la aplicación del sentido común a la moralidad si las ejecutase un agente no gubernamental. En particular, el gobierno generalmente utiliza la coerción en circunstancias y por razones que de ninguna manera serían consideradas adecuadas para justificar la coerción por parte de un agente privado o de una organización. Por consiguiente, a no ser que acordemos que el estado tiene algún tipo de exención especial sobre las constricciones morales ordinarias, debemos condenar la mayoría de acciones gubernamentales. Las acciones que permanecen son solo aquellas que los liberales aceptan.

¿Disientes con la conclusión? Huemer te pide que nombres la premisa específica que rechazas:

¿Cómo puede uno evitar la conclusión liberal? Solo rechazando una de las premisas principales que he identificado. A mi modo de ver es extremadamente poco prometedor cuestionar la naturaleza coercitiva del gobierno, y dudo que ningún teórico quiera tomar este rumbo.

 Algunos teóricos cuestionaran la aplicación del sentido común a la moralidad. No he acometido una defensa general de ello en este libro, y no debería hacerlo ahora. Cada libro debe empezar en algún lugar, y comenzar con tales supuestos como aquellos que aplican bajo condiciones normales, uno no debe robar, matar, o atacar a otras personas, me parece razonablemente suficiente. Pero esto es sobre los menos controvertidos, menos dudosos puntos de partida que he visto para un libro de filosofía política, y pienso que pocos lectores se sentirán felices si los rechazan.

La forma menos implausible de resistirse al liberalismo sigue siendo aquella de resistirse al escepticismo liberal respecto a la autoridad. Me he dirigido a lo que me llama la atención como las más interesantes, influyentes, o prometedoras consideraciones de autoridad política – la teoría del contrato social tradicional, la teoría del contrato social hipotético, la apelación al proceso democrático, y apelaciones a la justicia y a las buenas consecuencias. Pero no puedo dirigirme a cada posible consideración de autoridad, y sospecho que un buen número de pensadores reaccionarán a mí trabajo proponiendo justificaciones alternativas de la autoridad.

Esto nos lleva a su respuesta con derecho preferente a las críticas que aún no han sido tratadas:

También sospecho, de todas formas, que la estrategia general que he invocado será capaz de ser extendida a consideraciones alternativas. Una teoría de la autoridad citará algunas características del estado (tomando “características” de forma amplia) como fuente de su autoridad. Mi estrategia empieza imaginando a algún agente privado que posee dicha característica… Por ejemplo, la propiedad de ser algo que sería acordado por toda persona razonable, la propiedad de ser actualmente aceptado por la mayoría de la sociedad, y la propiedad de producir consecuencias muy positivas, son todas propiedades que una organización no gubernamental, o las políticas de tal organización, podrían poseer. Como digo, pues, imaginamos a un agente no gubernamental con la característica relevante. Entonces nos damos cuenta de que, de forma intuitiva, no atribuiríamos a tal agente nada parecido a la autoridad política. En particular, no le atribuiríamos un comprehensivo, independiente del contenido, supremo derecho de obligar a obedecer a otras personas. Y así llegamos a la conclusión de que la característica propuesta fracasa como justificación de la autoridad política.

(Notas finales omitidas. Cito desde el borrador, de modo que hay pequeñas diferencias respecto al manuscrito final).

Sospecho que muchos lectores del libro de Huemer fruncirán las cejas y dirán, “¿Esto es? ¿Esto es todo lo que tienes?” Pero este defecto percibido es una de las mayores virtudes del libro. Al contrario de casi todos los demás filósofos, Huemer no pierde tu tiempo. El no trata de convencerte de siete afirmaciones axtrañas, y entonces intentar convencerte de que esas siete afirmaciones extrañas implican su conclusión. (Véase Rawls “A theory of Justice” para un clamoroso ejemplo). Huemer no intenta hacer que el lector se sienta intelectualmente inferior haciéndole aprender toda una serie de jerga odiosa. En su lugar, le dice claramente a los lectores lo que piensa, y por qué lo piensa, y sus conclusiones se siguen directamente de sus premisas. Los lectores de filosofía deberían valorarlo por nada menos – o más – de lo que es.

Pacifismo por sentido común

Recientemente, he traducido un artículo de Bryan Caplan “The common-sense case for pacifism“. El contenido del mismo es muy interesante, sobre todo la réplica a un hipotético argumento que los economistas podrían articular en contra del pacifismo y según el cual éste aumenta el número de guerras al reducir el coste de agredir.


Solía hacerme llamar “aislacionista”, pero recientemente me he dado cuenta de que pacifista es una descripción mucho más acertada de mi posición. Todas las siguientes definiciones describen adecuadamente lo que creo:

  • Pacifismo: doctrina por la que las disputas (especialmente entre países) deberían ser resueltas sin recurrir a la violencia; la oposición activa a tal violencia, especialmente el rechazo a tomar parte en acciones militares.
  • Pacifista: que se opone a la guerra.
  • Pacifista: quién ama, apoya, o favorece la paz; aquél que es pro-paz.
  • Pacifista: individuo que disiente con la guerra por principio.

Algunas definiciones de pacifismo especifican la oposición a toda violencia, inclusive aquella que es utilizada en defensa propia, pero esto último me parece ir demasiado lejos. Soy pacifista no porque me oponga a la defensa propia sino porque es virtualmente imposible librar una guerra de “autodefensa”. Incluso si los objetivos de los militares no fueran deliberadamente inocentes transeúntes, ellos casi siempre terminan, imprudentemente, poniendo en peligro sus vidas. Si un policía combatiese el crimen de la misma forma en que el “civilizado” ejército hace la guerra, le mandaríamos a la cárcel.

¿Pero no es el pacifismo, en palabras de Homer Simpson, una de esas visiones “con todas las reglas bien intencionadas que no funcionan en la vida real”? No. Aquí tienen mi defensa del pacifismo por sentido común.

  1. Los costes inmediatos de la guerra son sin duda horribles. La mayoría de guerras llevan a una pérdida masiva de vidas y riqueza en al menos uno de los bandos. Si utilizas un valor estándar de $5M por vida, cada 200000 bajas serían equivalentes a un billon de dólares en daños (o a un trillon para aquellos países que utilicen la escala corta como EEUU).
  2. Los beneficios a largo plazo de la guerra son sumamente inciertos. Algunas guerras – las más obvias son las guerras Napoleónicas y la Segunda Guerra Mundial – al menos se puede decir que merecen cierto crédito por las décadas de paz subsiguientes. Pero muchas otras – como la Revolución Francesa y la Primera Guerra Mundial – simplemente sembraron las semillas de nuevos y mayores conflictos. Podrías decir, “Bien, sólo combatiremos en guerras que aporten grandes beneficios en el largo plazo”. En la práctica, sin embargo, es muy difícil predecir las consecuencias de una guerra en el largo plazo. Una de las grandes lecciones de Expert Political Judgment, por Philip Tetlock, es que los expertos en política exterior están mucho más seguros de sus predicciones de lo que tendrían derecho a estar.
  3. Para que una guerra esté moralmente justificada, sus beneficios en el largo plazo han de ser substancialmente mayores a sus costes en el corto plazo. Yo le llamo “principio de deontología leve”. Casi todo el mundo piensa que está mal matar a una persona al azar y usar sus órganos para salvar la vida de otras cinco personas. Para que una guerra halle justificación moral, pues, su ratio (vidas inocentes salvadas / vidas inocentes perdidas) tendría que exceder 5:1. (Personalmente pienso se requiere un ratio más elevado para estar moralmente justificada, pero en este caso no necesito está suposición).

Existen circunstancias concebibles bajo las que rompería mis principios pacifistas?
Sí, como he explicado en mi debate con Robin Hanson, me opongo “a las teorías morales de una frase”:

Es absurdo adherirse a una gran teoría moral abstracta, y después defenderla ante cada contraejemplo.

En el mundo real, no obstante, el pacifismo es una firme guía para la acción. Si bien admito que ocasionalmente las guerras tienen consecuencias positivas en su conjunto, es muy difícil identificar estas guerras ex-ante. Y a menos que esté dispuesto a morder la bala de la donación involuntaria de órganos, las “buenas consecuencias globales” son insuficientes para justificar moralmente la guerra. Si los defensores de la guerra no pueden afirmar razonablemente que están ahorrando cinco veces más vidas inocentes de las que están costando, se equivocan.
Sospecho que la principal objeción de los economistas al pacifismo es que éste incrementa la cantidad de guerras al reducir el coste de agredir. Como he razonado anteriormente, sin embargo, esto es al menos una media verdad:

Las amenazas y la intimidación no solo se mueven a lo largo de la curva de “demanda para cruzarte”. Si tus objetivos perciben tu comportamiento como inapropiado, vil o francamente cruel, éste desplaza su “demanda para cruzarte hacia fuera. Llámale psicología, o simplemente sentido común: las personas que previamente no guardaban nada malo contra ti empezarán a buscar la oportunidad para hacerte probar el sabor de tu propia medicina.

El resultado de la política exterior es que las personas que advierten sobre “sembrar las semillas del odio” no son los tontos que a menudo parecen ser. Las represalias militares contra, por ejemplo, naciones que albergan terroristas reducen la cantidad de terrorismo y odio anti EEUU. Pero si la gente en esos países y aquellos que simpatizan con ellos sienten que las represalias no están justificadas, les estamos haciendo enfadar e incrementar su demanda de terrorismo. Efecto neto: ambiguo.

Rebeca West una vez escribió que, “El feminismo is la noción radical de que las mujeres somos personas”. El pacifismo, similarmente, es la noción radical de que antes de matar a una persona inocente, deberías estar razonablemente seguro de que tu acción tendrá consecuencias muy positivas. Esto es una teoría moral de una frase aunque me siento cómodo abrazándola.

http://econlog.econlib.org/archives/2010/03/why_libertarian.html
https://www.google.es/search?source=ig&hl=en&rlz=&q=define:+pacifism&oq=pacifism+def&gws_rd=cr,ssl&ei=ujgBV_bSNILhaeCCpegC
http://www.positiveatheism.org/hist/quotes/homer.htm
http://econlog.econlib.org/archives/2007/12/my_defense_of_e.html
http://econfaculty.gmu.edu/bcaplan/handeb.htm
http://econlog.econlib.org/archives/2005/04/why_most_econom.html